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RAINER ZITELMANN. UN HITORIADOR A CONTRACORRIENTE

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Redactor Optimista
miércoles, 23 septiembre 2026 / Published in De Charla

RAINER ZITELMANN. UN HITORIADOR A CONTRACORRIENTE

EL CAPITALISMO: ¿PROBLEMA O SOLUCIÓN?

Defiende el capitalismo cuando gran parte del clima cultural lo cuestiona; desconfía del Estado cuando muchos aún le piden soluciones; y se declara optimista justo cuando el mundo parece empeñado en demostrar lo contrario.

En esta conversación, el ensayista e historiador alemán plantea una defensa cerrada del libre mercado, critica el socialismo real con ejemplos históricos y reivindica la libertad económica y de expresión como la gran condición de posibilidad para una sociedad próspera. La charla, sin embargo, no se queda en la teoría: aparece China, Vietnam, Argentina, Rusia, la vivienda en España, el cambio climático, el desencanto juvenil y hasta Stefan Zweig. Una entrevista incómoda, polémica y llena de aristas, precisamente por eso interesante.


Por JULIA HIGUERAS
Fotografía LUIS MALIBRÁN

Empecemos por el libro. Ya me lo había adelantado: «El capitalismo no es el problema, es la solución». ¿Qué le impulsó a escribirlo? ¿Cuál es la idea central que quiere que el lector se lleve?

Hoy la mayoría de la gente es anticapitalista. El capitalismo tiene mala imagen; incluso la palabra tiene una connotación negativa. Más adelante, si quieres, puedo enseñarte una encuesta que encargué en 35 países para medir si la gente está a favor o en contra del capitalismo. El resultado fue muy claro: solo en 6 de esos 35 países la opinión era mayoritariamente favorable; en todos los demás, era contraria.

Y yo quería mostrar la otra cara. Basta un dato para detenerse a pensar: antes del capitalismo, el 90 % de la población mundial vivía en pobreza extrema. Hoy es alrededor del 10 %. Solo esa cifra debería obligarnos a repensar si el capitalismo es bueno o malo. Porque no es solo una cuestión histórica; también se ve al comparar países.

Últimamente he producido dos películas, una sobre Vietnam y otra sobre Polonia. No me dedico solo a escribir libros; también hago cine documental.

Y, en ambos casos, aparece la misma historia. En tiempos socialistas, Polonia era uno de los países más pobres de Europa, más pobre incluso que Ucrania. A partir de 1990 introdujo reformas capitalistas y hoy es otra cosa. Si visitas Varsovia ahora, te sorprenderías: es una gran ciudad. Durante tres décadas Polonia ha sido uno de los campeones europeos del crecimiento. ¿Por qué? Por esas reformas.

Y añadiría algo más. Cuando discutes con socialistas y les preguntas dónde está su sociedad socialista ideal, nunca tienen una respuesta concreta. Si les preguntas si fue la Unión Soviética, dicen que no. ¿Corea del Norte? No. ¿Cuba? No. ¿Alemania del Este? No. ¿Bulgaria? No. «Eso no era socialismo real», te responden. Entonces les preguntas cuál sí lo fue y, en vez de señalar un ejemplo real, te dan un libro: «Aquí está explicado». Comparan una teoría con la realidad. Y eso sería como comparar tu matrimonio con una novela romántica donde todos los días se besan al amanecer y todo es perfecto. Luego yo te diría: «Tu matrimonio es malísimo, no se parece a la novela». No sería justo.

Por eso, en este libro comparo cosas comparables: Alemania del Este con Alemania del Oeste, Corea del Norte con Corea del Sur, Venezuela con Chile o el Reino Unido antes y después de Margaret Thatcher. Eso sí es una comparación honesta. Por ejemplo, Alemania: misma historia, misma cultura, misma lengua, mismo pueblo; solo cambia el sistema económico. En 1989, solo el 16 % de la población de Alemania Oriental tenía teléfono; en Alemania Occidental, el 99 %. En el Este, el 26 % de la gente ni siquiera tenía baño propio y tenía que compartirlo con otros vecinos; en el Oeste, el 99 % tenía el suyo. Y los problemas medioambientales eran mucho peores en el sistema socialista: las emisiones de CO₂ por unidad de PIB eran tres veces más altas en la RDA que en la RFA.

O piensa en Corea. He estado varias veces en Corea del Sur: es un país moderno, próspero, lleno de actividad. En Corea del Norte sigue habiendo hambre, dictadura y pobreza. Como historiador, eso es lo que hago: comparar lo que ha ocurrido realmente en países distintos. De eso trata el libro.

Una de las críticas más frecuentes al capitalismo es que depende del crecimiento perpetuo, y eso parece insostenible en un planeta finito. ¿Cómo se concilia el capitalismo con los límites ecológicos?

Es una buena pregunta. El argumento suena lógico: los recursos del planeta son limitados, así que el crecimiento ilimitado no puede continuar eternamente. Suena plausible. Pero llevamos siglos escuchando versiones de esa profecía. Malthus, por ejemplo, ya decía que pronto se agotarían los recursos. Hace cincuenta años, el Club de Roma anunció algo parecido. Y prácticamente todas esas predicciones resultaron equivocadas; no un poco equivocadas, sino completamente equivocadas.

Durante mucho tiempo sí hubo una correlación entre crecimiento económico y aumento del consumo de recursos. Pero en muchos países desarrollados eso ya no funciona así. El crecimiento hoy se produce de otra manera.

¿Cree entonces que la inteligencia artificial puede ayudar?

Sí, claro. Puede ayudar, igual que otras innovaciones. Esa relación automática que dábamos por supuesta hasta los años setenta —más crecimiento equivale siempre a más consumo de recursos— ya no es tan evidente en Europa o en Estados Unidos. En países en desarrollo, como China, todavía puede darse en parte, pero en economías avanzadas el crecimiento cada vez está más desacoplado del uso intensivo de materiales.


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Además, conviene recordar algo: los problemas medioambientales fueron mucho peores en los países socialistas que en los capitalistas. En la antigua Unión Soviética eran gravísimos. Ya te he puesto el ejemplo de Alemania Oriental y Occidental: dióxido de azufre diez veces más alto en la RDA; CO₂ por unidad de PIB, tres veces más.

Una economía planificada agravó esos problemas, no los resolvió.

No niego que existan problemas reales: cambio climático, escasez en algunos ámbitos, tensiones ecológicas. Lo que digo es que la única forma de resolverlos será con más innovación, no con planificación central.

Y hay otro dato interesante. Existe el Environmental Performance Index de Yale, que clasifica a los países según sus estándares medioambientales. Y existe también el Index of Economic Freedom de la Heritage Foundation, que mide hasta qué punto un país es económicamente libre. Si comparas ambos índices, ves una correlación clara: los países con mayor libertad económica suelen tener también mejores indicadores medioambientales, y los países menos libres, peores.

¿Diría entonces que el capitalismo no tiene fallos? ¿Cómo distingue entre los fallos del capitalismo y los fallos de las políticas públicas?

Dime un ejemplo concreto de lo que tú considerarías un fallo del capitalismo. Es mejor discutir sobre algo específico.

Pienso, por ejemplo, en la desigualdad. También en el cambio climático. Y en si algunos conflictos abiertos en el mundo tienen que ver con la lucha por recursos que demanda el capitalismo. Quizá en África, por ejemplo. Tengo muchas preguntas.

Sí, es cierto que cuando un país progresa suele aumentar la desigualdad. Pongamos China. Durante el maoísmo, y especialmente durante el llamado Gran Salto Adelante —al que dedico un capítulo en mi libro— murieron 45 millones de personas entre 1958 y 1962. Al final de los años setenta, cuando Mao murió, la sociedad china era más igualitaria que hoy, entre otras cosas porque no había multimillonarios. Hoy China tiene más multimillonarios que cualquier otro país salvo Estados Unidos. Eso significa que hay más desigualdad.

Pero, al mismo tiempo, la pobreza cayó de forma drástica. En 1981, el 88 % de la población china vivía en pobreza extrema; hoy es menos del 1 %. La desigualdad aumentó, sí, pero la pobreza se desplomó. Yo he estado muchas veces en China y nunca he encontrado a nadie que me diga: «Volvamos a la época de Mao, porque entonces éramos más iguales».

Lo mismo sucede en Vietnam. En 1990 era uno de los países más pobres del mundo. Tras décadas de guerra y una economía planificada desastrosa, había hambre y miseria. Después introdujeron reformas de mercado y propiedad privada. Hoy hay multimillonarios y, por tanto, más desigualdad. Pero también la pobreza ha caído del 80 % al 3%.

A mí lo que me importa no es la desigualdad; me importa la pobreza.

Para mí son dos cuestiones distintas. La desigualdad preocupa mucho a quienes sienten envidia: «Hay otro que tiene más que yo». A mí me preocupa si los pobres viven mejor o peor que antes. Y en países como Vietnam la respuesta es evidente.

¿Cómo se hace rica la gente en una economía capitalista? Muchas veces prestando un servicio que millones de personas valoran.

Sí, pero además del conocimiento digital necesitamos comer, necesitamos salud, necesitamos un sistema social, que la gente pueda acceder a alimentos y a una atención digna. Y cuando uno ve la pobreza en algunos países africanos… Yo estuve en Turkana, en Kenia, en febrero, y la gente vive por debajo del umbral de la pobreza: comen cada tres días…

Claro. Hablemos de África.

Primero, insisto en el dato global: en 1820, el 90 % de la población mundial vivía en pobreza extrema; hoy es alrededor del 10 %. Eso es un cambio histórico gigantesco. Ahora bien, ese 10 % sigue siendo enorme, y África concentra una parte muy importante de ese sufrimiento.

Pero si vuelves a mirar los índices de libertad económica, verás que muchos de esos países africanos no son demasiado capitalistas, sino demasiado poco capitalistas. Y además padecen una corrupción tremenda.

Yo compararía África con Asia hace medio siglo. En África se adoptó, en muchos lugares, una narrativa basada en el victimismo —colonialismo, esclavitud, dependencia— y se pidió ayuda al desarrollo. Occidente envió cientos de miles de millones. ¿Sirvió? Muy poco, porque gran parte de ese dinero terminó en los bolsillos de élites corruptas.

Asia, en cambio, siguió otro camino: reformas económicas, propiedad privada, capitalismo. Corea del Sur, en los años sesenta, era tan pobre como muchos países africanos hoy. Luego adoptó reformas de mercado y ahora es un país rico. Lo mismo puede decirse de Singapur, de China en parte y de Vietnam.

Así que, si comparas, en África se apostó por la redistribución y la ayuda; en Asia, por reformas de mercado. Y los resultados son muy diferentes.

El problema no es que la pobreza no exista; existe y es terrible. Pero la única vía que históricamente ha funcionado para reducirla ha sido más mercado, más seguridad jurídica y más libertad económica.

¿Y cómo puede ayudar el capitalismo frente al cambio climático?

Yo creo que el problema del clima existe, pero que los políticos suelen empeorarlo. Te pongo un ejemplo de mi país. En Alemania se decidió cerrar las centrales nucleares. Si de verdad crees que el cambio climático es una amenaza seria, deberías querer más energía nuclear, no menos.

¿Por qué?

Porque la energía nuclear prácticamente no emite CO₂. Si usas carbón, gas o petróleo, contribuyes al calentamiento global. La nuclear no. Y, sin embargo, los políticos alemanes decidieron desmantelarla. A mí me parece una decisión absurda.

No niego el cambio climático. Lo que digo es que la respuesta no puede basarse solo en leyes, prohibiciones y planificación desde arriba. Tiene que venir, sobre todo, de la innovación. Millones de consumidores, científicos y emprendedores son más inteligentes, en conjunto, que un pequeño grupo de políticos en Bruselas, Madrid o Berlín.

Ahí está, para mí, la diferencia central entre quienes creemos en el capitalismo y quienes lo rechazan: yo creo que millones de personas tomando decisiones libres pueden encontrar mejores soluciones que una élite política convencida de que sabe lo que le conviene a todos.

¿Qué opina del populismo? ¿Ve una tensión entre populismo y capitalismo? ¿Puede el capitalismo ayudar a la democracia?

Sí, el populismo es un problema, tanto de derechas como de izquierdas. Donald Trump, por ejemplo, no es precisamente un defensor del capitalismo si miras sus aranceles y su inclinación por intervenir. Y lo mismo puede decirse de muchos populismos europeos.

En general, yo creo que los políticos deberían tener menos poder y los consumidores y emprendedores, más.

Ahora bien, depende de cómo definamos populismo. Tal vez haya alguna forma de «buen populismo», aunque muy rara. Yo solo veo un caso interesante hoy: Argentina con Javier Milei. En Europa no lo veo. En Francia, por ejemplo, con Marine Le Pen, o en otros movimientos de derecha, lo que predomina no es el liberalismo económico, sino otra forma de nacionalismo intervencionista.

Y no toda la culpa es de los populistas. Su auge tiene mucho que ver con la inmigración y con la incapacidad de los partidos tradicionales para gestionar ese tema con seriedad. Europa necesita inmigración, sí, pero inmigración cualificada, gente que venga a trabajar y aportar. El problema es cuando tienes un Estado de bienestar enorme y muy generoso: atraes también a quienes no vienen a trabajar sino a vivir del sistema. Lo entiendo humanamente, pero a largo plazo no funciona.

Los populistas crecen porque los demás han fracasado, porque han dado respuestas ingenuas o negado problemas reales. El populismo simplifica, sí, pero a veces se alimenta del vacío dejado por las élites.

Quizá también influya un pesimismo de fondo. Mucha gente joven no tiene esperanza en el futuro, y eso puede empujar contra el capitalismo.

Sí, absolutamente. Es un problema real. Pero muchos jóvenes culpan al capitalismo de problemas que no nacen de un exceso de capitalismo, sino de su ausencia.

Mira España. Muchos jóvenes tienen enormes dificultades para encontrar trabajo y para acceder a una vivienda a un precio razonable. ¿Por qué? Por una regulación laboral excesiva y por un mercado de la vivienda también muy intervenido. Si liberalizaras más el mercado de trabajo y el de la vivienda, sería más fácil encontrar empleo y alquilar o comprar un piso.

Entiendo el malestar de los jóvenes. Pero veo también que, muchas veces, se dirigen contra el objetivo equivocado.

En Argentina, por ejemplo, estuve en 2022, 2023 y 2024 y hablé con muchísimos jóvenes, también jóvenes pobres. Y allí el sentimiento era el contrario: no culpaban al mercado, culpaban al estatismo y al socialismo. Su esperanza estaba puesta en más libertad económica.

De hecho, la primera vez que oí hablar de ti fue por este libro. Tenía una alerta de Google con mi nombre y apareció una entrevista. Era una conversación contigo y te preguntaban qué hacías al llegar a casa, y tú respondías que seguías leyendo mi libro. Me hizo gracia pensar: «Qué interesante, hay alguien en España leyendo esto».

En cuanto a Milei, no sé si tendrá éxito completo o no. Ha logrado algunas cosas en muy poco tiempo: la inflación bajó mucho, primero subió la pobreza y luego empezó a bajar. Pero también hay rumores de corrupción, errores y tensiones. No sé qué ocurrirá. Lo que sí sé es que, si fracasa, Argentina corre el riesgo de volver al mismo ciclo destructivo.

Y Argentina es un gran ejemplo histórico. Hace cien años era uno de los dos o tres países más ricos del mundo. Existía la expresión «rico como un argentino». Luego llegó el peronismo, de derechas o de izquierdas, da igual, con su lógica de regulación, nacionalización y estatismo. El resultado fue una decadencia larguísima.

Quería preguntarle por Rusia. ¿Qué cree que está haciendo Putin? ¿Opera con lógica capitalista, socialista…?

Putin no tiene ideología en el sentido clásico. Su única ideología es el poder. Yo definiría su sistema como una cleptocracia: un sistema que roba la propiedad y concentra el poder.

El comienzo de su mandato no fue tan malo, para ser justos. Tras Yeltsin, Rusia vivía en el caos. Yeltsin estaba permanentemente asociado al desorden, incluso a la embriaguez. Mucha gente vio a Putin como una figura estabilizadora.

Pero en 2003 quedó claro hacia dónde iba el régimen, con el caso Jodorkovski: encarceló al hombre más rico de Rusia y lanzó un mensaje a todos los demás: si te enfrentas a mí, te destruiré.

En Rusia no hay Estado de derecho. Si el poder quiere quitarte una empresa, te la quita. Eso ha ocurrido muchas veces. Y ahí se ve una correlación muy clara entre respeto a la propiedad, libertad económica y libertad política.

Como historiador, y habiendo estudiado a Hitler, veo paralelismos inquietantes entre la política exterior de Putin y ciertas dinámicas de apaciguamiento que Europa ya conoció.

Europa es mucho más fuerte económicamente que Rusia; incluso antes de la guerra, el PIB ruso era comparable al de Italia. Pero durante mucho tiempo se siguió una política de concesiones que no hizo sino envalentonarlo.

Para mí, Rusia demuestra que sin propiedad privada segura ni Estado de derecho, lo que termina apareciendo es la dictadura.

¿Es optimista respecto al futuro de Europa y de la Unión Europea?

Como persona, tiendo a ser optimista. Pero cuando analizo el presente, me cuesta encontrar muchas razones para serlo.

Creo que el mejor momento de la humanidad fue el principio de los años noventa. En China aún seguía el impulso reformista de Deng Xiaoping; en Europa había caído el Muro; en muchos lugares parecía que avanzaban la libertad económica y la apertura política. Hoy el movimiento es, en gran medida, el contrario.

China va hacia más control estatal y menos libertad. En América Latina, con la excepción incierta de Argentina, muchas cosas van mal. Brasil me preocupa mucho por la deriva contra la libertad de expresión. Y en Europa también vemos cada vez más censura, o al menos una tentación creciente de vigilar y castigar lo que la gente dice.

Para mí, la libertad de expresión es tan importante como la libertad económica. Y prefiero una sociedad en la que la gente diga tonterías libremente a una donde el gobierno decida qué puede decirse y qué no. Habrá disparates, claro. Muchísimos. Pero prefiero ver esos disparates y juzgarlos por mí mismo.

Mira a Trump: dice barbaridades constantemente. Pero prefiero poder leerlas y saber quién es, a que una autoridad decida qué debo o no debo escuchar. En Europa hemos vivido una cancelación más bien de izquierdas; en Estados Unidos crece también una cancelación desde la derecha. Yo rechazo ambas.

Por eso, si comparo el mundo de los noventa con el actual, me resulta difícil ser optimista. Entonces estaban Reagan, Thatcher y Deng Xiaoping; hoy tenemos a Putin, Erdogan, Trump y muchos otros liderazgos iliberales.

Pero, aun así, quiero seguir siendo optimista, porque la historia está llena de sorpresas. Nadie imaginaba veinte años antes de 1989 que el Muro de Berlín iba a caer. Igual que nadie pensaba hace veinte años que volvería una guerra de esa escala a Europa. La historia sorprende para mal, pero también para bien.

Y lo mismo pasa en la vida personal: dentro de cinco años puede haberte ocurrido algo maravilloso o algo terrible. No lo sabemos. La historia, como la vida, está llena de giros inesperados. Y yo quiero confiar en que todavía haya sorpresas buenas.

Pensaba en Stefan Zweig. Él sintió que todo estaba perdido y no llegó a ver lo que vino después.

Sí. Pienso mucho en él. Es un buen ejemplo. Uno nunca sabe qué viene después. A veces, cuando lo miras todo de cerca, hay pocas razones para el optimismo. Pero quizá precisamente por eso hay que recordar que la historia no está cerrada.

Y vuelvo al capitalismo incluso aquí. Piensa en el espacio. Yo, de joven, estaba fascinado con la llegada a la Luna. Creíamos que pronto vendría Marte, una nueva era de exploración. En lugar de eso hubo décadas de estancamiento. Y entonces apareció SpaceX y Elon Musk redujo drásticamente los costes del acceso al espacio. Ahí hay otra lección: a veces el mercado hace mejor las cosas que el Estado.

La vida cotidiana actual depende muchísimo de satélites, y casi nadie es consciente de ello. Si los apagáramos, nuestra vida cambiaría por completo.

Me gustaría pensar que quienes son más jóvenes que yo todavía verán una nueva era de exploración, de aventura y de apertura hacia el espacio.

A veces, lo mejor que puede pasar es que los políticos no se interesen demasiado por algo. Reagan decía una frase divertida: «Las nueve palabras más aterradoras del idioma inglés son: “Vengo del gobierno y estoy aquí para ayudar”». No siempre es verdad, por supuesto, pero a veces sí.

Quería hacerle una última pregunta y luego hablar un poco de su novela. Cuando uno defiende el capitalismo, ¿qué papel juegan la cultura, la educación y la opinión pública en el futuro económico?

Un papel decisivo. Y aquí mi crítica principal no va tanto contra el movimiento obrero como contra los intelectuales anticapitalistas. Para mí, el anticapitalismo es casi una religión intelectual.

Incluso las peores catástrofes ideológicas del siglo XX nacieron muchas veces en entornos intelectuales. Piensa en Camboya y los jemeres rojos: no eran analfabetos sin ideas; muchos habían estudiado en la Sorbona y en otras universidades de élite en París. Volvieron a su país para implantar su visión igualitaria del mundo. El resultado fue monstruoso.

Y aquí la educación tiene una gran responsabilidad. Antes hablábamos del Gran Salto Adelante en China: entre 1958 y 1962 murieron 45 millones de personas. Todo el mundo debería aprender eso en la escuela. Igual que debería conocer lo ocurrido en Camboya. Del Holocausto, afortunadamente, sí se habla mucho más, y está bien que así sea. Pero sobre otros crímenes masivos del siglo XX hay un silencio enorme.

Yo he dado conferencias en unos treinta países y en todas partes hago la misma pregunta:

«¿Habéis oído hablar en la escuela o en la universidad, más de cinco minutos, del Gran Salto Adelante y de esos 45 millones de muertos?»

En casi todos los lugares, el 95 % de las personas dice que no. Ni en Mongolia, ni en Corea, ni en São Paulo, ni en Santiago de Chile, ni en Serbia… casi nadie sabe nada.

Eso es un problema muy serio. Si no conoces la historia, estás condenado a repetir ciertos errores.

Y, en cuanto a economía, tampoco creo que baste con lo que enseñan los profesores. Muchas veces los docentes no han tenido contacto real con la empresa, con el riesgo, con la creación de valor.

Mi propuesta sería otra: llevar a emprendedores a las escuelas, pequeños, medianos y grandes, para que expliquen cómo se construye un proyecto, qué dificultades tiene y qué satisfacción produce. Fui empresario durante quince años y me parece una experiencia extraordinaria.

En Europa, en cambio, demasiada gente aspira solo a ser empleado o funcionario. Falta imaginación emprendedora.

Por eso creo que habría que cambiar muchas cosas en educación: enseñar más historia contemporánea, también la historia de los totalitarismos del siglo XX, y enseñar economía de una forma más conectada con la realidad.

Hablemos un poco de esta novela.

Es mi libro favorito. En la contraportada puedes leer de qué va, pero, resumiendo, es una defensa del capitalismo a través de la ficción.

La historia parte de una idea: la igualdad entendida como obsesión puede terminar volviéndose totalitaria. En ese mundo, incluso la belleza se considera injusta.

«¿La belleza es injusta?»

Sí. Porque no todo el mundo es bello y entonces aparece la idea de que hay que corregir esa desigualdad. Es, por supuesto, una metáfora. La belleza cambia con las décadas, con los contextos, con la mirada. Pero el fondo del libro es una reflexión sobre el igualitarismo y la envidia.

Algunas personas son altas, otras no; algunas son inteligentes, otras no; algunas son bellas, otras no. Así es la vida. A mí no me parece deseable una humanidad completamente homogénea. Sería aburridísimo. Imagina que todas las flores fueran rosas. O que todo el mundo tuviera la inteligencia de Einstein. La variedad es una parte esencial de la vida.

El problema empieza cuando quieres borrar por la fuerza esas diferencias. Porque la única manera de imponer una igualdad total es mediante la coerción.

Y te cuento también por qué quise escribir una novela. La mayoría de mis lectores son hombres. Mi editor me dijo que, según los libros, entre un 70 % y un 80 % de quienes me leen son varones, porque en promedio se interesan más por la política y la economía.

A mí eso no me gustaba. Quería llegar también a más mujeres. Y pensé que la novela, con un componente más emocional y también una historia de amor, podía abrir otra puerta.

El resultado me dejó contento: el último dato que me dio la editorial era que seguían siendo mayoría los hombres, sí, pero ahora un 55 %, frente a un 45 % de mujeres. Una diferencia mucho menor que antes.

¿Le gustaría llevarla al cine?

Sí, y muchísima gente me lo ha dicho. Todo el mundo me dice que esta historia sería una gran película. El problema es que no tengo conexiones fuertes en la industria del cine y, además, el sector está pasando por un momento complicado.

Pero si conoces a alguien, o si lo mencionas en tu artículo, estaré encantado. De verdad creo que podría funcionar muy bien en pantalla, quizá incluso mejor que como libro.

Cuando la conversación ya parece agotada, reaparece su verdadera fijación: la disputa por el relato.

Entonces enseña una encuesta internacional de Ipsos MORI sobre la imagen del capitalismo y la economía de mercado. Cuenta que decidió preguntar primero sin pronunciar la palabra «capitalismo», para medir hasta qué punto el rechazo estaba en las ideas o en el lenguaje. Después sí, la introdujo de forma explícita.

El resultado, viene a decir, confirma su sospecha: la opinión mejora cuando se habla de economía de mercado y empeora en cuanto aparece la palabra maldita.

Dice que aquel estudio le costó mucho dinero, pero lo cuenta sin arrepentimiento:

«Hay gente que se compra un coche nuevo; yo prefiero pagar encuestas.»

En el fondo, toda su intervención gira alrededor de eso: una voluntad casi militante de rescatar una palabra desacreditada y devolverle prestigio moral.

En tiempos de sospecha, ha elegido incomodar. Y lo hace con una mezcla singular de convicción, provocación y fe en que la innovación —no los gobiernos— seguirá empujando la historia.

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