
MAYTE ARIZA Mentor & Coach Dreamer
¿Cómo se conquistan los sueños y se alcanzan en la vida si nuestra mente está llena de troyanos, inmersa en autosabotajes y repleta de creencias trasnochadas?
Lograr un sueño no es solo un reto; nunca ha sido la parte más difícil. Para mí, alcanzar un sueño significa superar esa dificultad, hackear ese troyano para sentir que realmente lo merezco y sacar la «crakaza» que todas y todos llevamos dentro.
Llega un momento en el que renovar el cableado neuronal se vuelve imprescindible, porque todo aquello que no transformas termina teniendo poder sobre ti.
No hay consciencia en todo lo que pensamos. Nuestra mente es una piñata donde no todos los regalos son buenos. Y, si no la educamos ni la autoeducamos, acaba creyéndose todo lo que piensa, sin cuestionar siquiera la semántica de esos pensamientos.
Si terminas creyéndote toda esa verborrea mental, construyes una película en la que el guion acaba atrapándote. Y ese relato termina convirtiéndose en un auténtico dramón de Netflix.
Como las emociones se adhieren a los pensamientos como una bomba lapa, empiezas a hablarte de una forma que lleva tu autoestima al nivel de una alcantarilla. Desde ahí proyectas comportamientos totalmente coherentes con un patrón diseñado por una mente limitante y liliputiense.
Sabemos que la mente es muy poderosa. Si lo sabemos, ¿por qué no cuidamos nuestra salud mental?
Crecer, evolucionar y madurar significa asumir la responsabilidad de quiénes somos y hacia dónde queremos ir. Sin embargo, este acto de poder suele quedar desatendido cuando permanecemos instalados en el paradigma de la víctima y en el posicionamiento constante de la queja, tan extendido en nuestra sociedad.
Por eso, el autoconocimiento, la autoconciencia y la autoconfianza se vuelven imprescindibles.
Conocer nuestras autoridades mentales significa mirar con claridad aquello que está escrito en nuestra pizarra interior y comprender que podemos borrarlo y escribir algo diferente. Autoeducarnos sin culpa. Acoger con cariño a ese niño o esa niña interior y decirle, con amor, que ahora somos nosotros quienes vamos a responsabilizarnos de pensar y sentir para construir una vida que nos haga profundamente felices.
Cuando desarrollamos unos padres internos afectuosos y aprendemos a rendirnos cuentas sin juicio, comenzamos a crecer desde un clima interior mucho más amable, donde la energía cambia y empiezan a suceder cosas más prósperas.
Un autosabotaje es una creencia profundamente arraigada que se manifiesta a través de una voz interna empeñada en destruirnos. Nos confunde para impedir que seamos quienes realmente somos.
Tiene tanto poder porque, probablemente, se configuró desde el amor incondicional que sentimos hacia nuestros progenitores. Cuando somos pequeños captamos emocionalmente sus sentimientos sin que ellos sean conscientes. Absorbemos esa información sin filtros, la damos por válida y empezamos a funcionar como un ordenador que ejecuta automáticamente un programa.
¿No nos ocurre muchas veces que nos autosaboteamos justo cuando estamos a punto de alcanzar un objetivo?
«No puedo tener más éxito que mis padres; eso sería desobedecer el patrón.»
Pero ¿no consiste precisamente la evolución en superar a la generación anterior? Claro que sí. Para lograrlo necesitamos hacer consciente ese troyano y convertirnos en adultos capaces de reclamar el poder interior que siempre ha estado dentro de nosotros.
Cuando uno toma conciencia de la mazmorra del inconsciente que habita en su interior, puede decidir qué quiere hacer realmente con su vida.
También es importante comprender que, aunque resulte más cómodo ignorar al saboteador interior, este termina adquiriendo tanto poder que puede convertirse en un monstruo capaz de devorar todos nuestros sueños.
Mostrar quién eres exige mucho coraje. Es mucho más sencillo esconderse detrás de una máscara y depender del ego, ese mecanismo de defensa que se desarrolla para compensar una profunda sensación de fragilidad.
El ego es esa falsa careta que parece protegernos, pero que en realidad fabrica creencias heredadas, construidas sobre percepciones distorsionadas de la realidad. Nos desconecta de nuestra esencia y alimenta el autoengaño.
Comienza entonces la creación de escenarios imaginarios que justifican nuestros miedos y limitaciones. Los conflictos internos buscan batallas externas para sostener aquello que permanece sin resolver en nuestro interior.
VAMOS A LA MADRE DEL CORDERO
Necesitamos tratarnos con mucho respeto. Hace falta valentía para descubrir quiénes somos realmente y mucha responsabilidad para ejercer nuestra libertad y salir de la prisión que nosotros mismos hemos construido.
Si llevamos media vida negando nuestro verdadero ser, quizá ya haya llegado el momento de cambiar de bando y empezar a aceptar nuestra auténtica identidad.
Un saboteador interno es esa parte de nosotros que posee un botón de autodestrucción, alimentado por la oscuridad que todos llevamos dentro cuando no hacemos el ejercicio consciente de iluminarla.
Como decía Jung: «Aquello que niegas, te somete.»
La estrategia del troyano consiste en aprovechar nuestros momentos de mayor vulnerabilidad. Utiliza el cansancio para atacarnos sin que lo advirtamos. Se disfraza, juega al despiste y, cuando menos lo esperamos, lanza el dardo del waterparty, minando nuestra confianza poco a poco hasta activar un auténtico programa destructor.
Observar al saboteador es uno de los ejercicios más poderosos para comenzar el desahucio de las creencias arraigadas en nuestras autoridades mentales: todos esos mensajes que recibimos de pequeños por parte de las personas con quienes manteníamos un fuerte vínculo afectivo.
«No seas quien quieres ser, sino quien nosotros queremos que seas.»
«Hazte invisible.»
«Tienes que ser perfecto.»
«Tienes que ganarte la vida.»
«No sabes lo que me cuesta sacarte adelante.»
Cuando tomamos conciencia del peso de esos mensajes y los liberamos mediante una expresión emocional auténtica, soltamos el lastre que nos impide avanzar y ser felices.
El arte de observar resulta tremendamente incómodo para el saboteador. Por eso necesita disfrazarse constantemente para mantener oculto su poder.
El miedo es su alimento favorito. Nos mantiene atrapados, debilita nuestra fuerza, genera inseguridad y distorsiona la realidad para impedir que confiemos en nosotros mismos.
El autosabotaje siempre actúa en contra de aquello que puede hacernos felices. Deteriora las relaciones sanas y pone constantemente en duda a las personas positivas que llegan a nuestra vida.
Cuando identificamos estas conductas, debemos responder con coherencia y colocar nuestra felicidad en el centro de nuestras decisiones.
Hackear el troyano no consiste en destruirlo ni en eliminarlo. Consiste en descubrir la «crakaza» o el «crakazo» que todos llevamos dentro y aprovechar esa oportunidad para conocernos mejor, descubrir nuestros superpoderes y convertirnos en personas mucho más valiosas.
Un sabotaje, bien interpretado, funciona como un cromosoma que explica quién eres y de dónde vienes. Es un panel de información que puedes utilizar a tu favor.
La sinceridad con uno mismo derrota las calumnias que nos contamos una y otra vez hasta convertirlas en certezas.
Descubrir aquello que permanece oculto en nuestros patrones mentales e identificarlo es un proceso fascinante que nos permite trascender, crecer y mirar, por fin, hacia lo más profundo.



