
El Mediterráneo, en el imaginario colectivo de la modernidad,
suele reducirse a una escenografía de placeres estivales y litorales azules.
Sin embargo, tras esa fachada de postal turística, late un reservorio ontológico
de ‘herencia intangible’ que no reside en los archivos estatales, sino en la
cadencia de las manos que amasan y en el susurro de las cocinas encendidas.
Por ARIADNA SÁNCHEZ Fotografía MARCO ARGÜELLO
Este patrimonio es custodiado por un linaje silencioso de mujeres, las matriarcas, cuya práctica cotidiana constituye la columna vertebral de la identidad regional.

En una era dominada por la tiranía de la inmediatez digital y la obsolescencia de los vínculos, la preservación de estos relatos surge como una necesidad estratégica: un mapa para navegar la pérdida de la memoria cultural.
El proyecto de Anastasia Miari, destilado tras una década de investigación antropológica y plasmado en obras como Grand Dishes y su reciente Mediterránea, redefine el concepto de lo meridional.
Para Miari, «Mediterránea» no es una categoría geográfica, sino un viaje sensorial y humanista que vincula la alimentación con la longevidad y la plenitud del espíritu.

La figura de la nonna o la yiayia se erige como el último baluarte frente a la erosión de la identidad. Su desaparición, sin un registro previo de su legado, dejaría a las nuevas generaciones huérfanas de una narrativa sobre la pertenencia.
Al visitar a su abuela, la Yiayia Anastasia, se produjo una revelación visceral:
Mientras la periodista intentaba capturar la tradición mediante básculas y jarras medidoras, la anciana cocinaba desde una sabiduría empírica que prescinde de las cifras.
Cocinar «al ojo» no es una imprecisión; es una forma de habitar el conocimiento a través del tacto, la experiencia y el instinto.

Hubo momentos de asombro, de alegría, de vulnerabilidad, de profunda conexión. No solo con la naturaleza, también entre nosotras.
En la cubierta del barco, entre hielos flotantes, surgieron conversaciones sobre maternidad, crisis climática, migración, identidad, vocación, decisiones difíciles. Compartimos miedos, preguntas, certezas. Se tejieron lazos que desafían las fronteras geográficas. Entendí que cuando se crea un espacio seguro, entre mujeres, todo es posible.

Y también vi, con mis propios ojos, los efectos del cambio climático en un lugar donde parecería que nada cambia. Glaciares que retroceden, aves que no anidan donde solían, colonias de pingüinos que migran buscando alimento. Una transformación silenciosa, pero irreversible si no actuamos ya.

Esta experiencia me dejó muchas preguntas, pero también una certeza: necesitamos una nueva forma de liderar. Una que no se base en la competencia ni en el control, sino en la escucha, la empatía, la colaboración y el compromiso profundo con la vida. Y para eso, necesitamos voces diversas, liderazgos femeninos, miradas que integren razón y emoción, ciencia y conciencia.
Volví distinta. Conmovida, inspirada, movilizada. Pero también con una sensación de posibilidad. Porque sé que somos muchas las que queremos construir un mundo diferente. Y que incluso en los lugares más fríos, puede nacer algo cálido: un propósito, una comunidad, una esperanza. •



