
Médicos del Mundo convoca cada año el Premio Internacional de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña, un reconocimiento que pone en valor el papel de la imagen como herramienta de denuncia, memoria y transformación social. En su 29.ª edición, el galardón ha recaído en Samuel Nacar, junto a los finalistas Valentina Sinis, Santi Palacios y Jehad Al-Sharafi, consolidando una vez más la importancia del fotoperiodismo humanitario en el contexto actual.
Este premio lleva el nombre de Luis Valtueña, fotógrafo de la agencia Cover que fue asesinado en Ruanda en 1997 mientras realizaba un reportaje para Médicos del Mundo. Su figura simboliza el compromiso extremo de quienes deciden contar aquello que muchos prefieren no ver. Su legado sigue vivo en cada imagen que busca no solo mostrar, sino también interpelar.
LA FOTOGRAFÍA COMO MEMORIA Y CONCIENCIA
El fotoperiodismo humanitario nace de una necesidad fundamental: hacer visible lo invisible. En un mundo saturado de información, la imagen sigue teniendo una capacidad única para detener al espectador y obligarle a mirar. No se trata únicamente de mostrar escenas impactantes, sino de generar empatía, contexto y comprensión.

Como explica Samuel Nacar en su entrevista en La hora optimista de RNE, «una fotografía puede cambiar la forma en la que una persona mira una realidad». Esa capacidad para transformar la mirada convierte a la fotografía en algo más que un documento: la convierte en una herramienta ética y política.
El valor de estas imágenes reside en su capacidad para poner rostro a las cifras. Detrás de cada conflicto, de cada desplazamiento o de cada crisis, hay historias individuales que corren el riesgo de diluirse en estadísticas. El trabajo de fotógrafos como Nacar, Sinis, Palacios o Al-Sharafi consiste precisamente en devolver esa dimensión humana.
EL PERIODISMO QUE NO APARTA LA MIRADA
El periodismo humanitario se enfrenta a un reto complejo: informar sin caer en el sensacionalismo. Mostrar el dolor sin explotarlo. Narrar la tragedia sin despojar de dignidad a quienes la sufren.
En palabras de Nacar, el objetivo no es solo impactar, sino aportar contexto y comprensión. Sin ese contexto, la imagen pierde parte de su sentido y puede incluso ser malinterpretada. Por eso, el fotoperiodista no es solo un observador, sino también un narrador responsable.
Este tipo de periodismo exige además una profunda reflexión ética. Trabajar con personas en situaciones vulnerables implica establecer límites claros, construir relaciones de confianza y entender que cada imagen tiene consecuencias. La cámara no es neutra: es una herramienta que puede amplificar voces, pero también distorsionarlas.
CUATRO MIRADAS, UNA MISMA URGENCIA
El trabajo de Samuel Nacar nos lleva a las cárceles sirias, a ese espacio invisible donde miles de personas desaparecieron. Sus imágenes reconstruyen lo que durante años se quiso borrar: la violencia sistemática, el silencio impuesto y la desaparición como forma de control. Pero también devuelven algo esencial: el nombre, el rostro y la historia. Nombrar es resistir. Su mirada, reconocida también por el World Press Photo, insiste en algo fundamental: hay historias que no pueden desaparecer sin dejar rastro.
La mirada de Valentina Sinis se detiene en Afganistán, en la vida de las mujeres que han sido expulsadas de los espacios públicos y privadas de derechos fundamentales. Sus fotografías no gritan, pero sostienen una tensión constante. En lo cotidiano —una clase, un gesto, una espera— aparece una resistencia silenciosa que habla de identidad, de dignidad y de una lucha que no siempre es visible.
Santi Palacios, por su parte, sitúa su cámara en Valencia tras las inundaciones de 2024. Allí no hay guerra, pero sí devastación. Sus imágenes muestran casas abiertas, objetos convertidos en restos y vidas interrumpidas. El barro lo cubre todo, pero también deja al descubierto la fragilidad. Y, en medio de ese paisaje, una pregunta que incomoda: por qué nadie llegó a tiempo.
Junto a ellos, el trabajo de Jehad Al-Sharafi nos lleva a Gaza, donde el hambre ha dejado de ser una consecuencia para convertirse en la protagonista absoluta de una testaruda realidad diaria. Sus imágenes muestran a personas persiguiendo comida, a niños debilitados y a familias que luchan por sobrevivir día a día. En ese contexto, el pan deja de ser alimento para convertirse en la frontera entre la vida y la muerte.
Distintos lugares, distintas historias, pero una misma necesidad: mirar de frente aquello que duele para que no caiga en el olvido.
UN OPTIMISMO NECESARIO
En un entorno marcado por la violencia y la injusticia, hablar de optimismo puede parecer contradictorio. Sin embargo, Samuel Nacar plantea una idea clave: el optimismo en el fotoperiodismo no es inmediato, sino a largo plazo. Según explica, el trabajo de los fotógrafos sirve para que el mundo conozca lo que ha ocurrido y para que ciertas historias no se repitan. Para que lo que hoy se documenta no vuelva a suceder mañana.
En ese sentido, la fotografía se convierte en memoria colectiva, en testimonio y también en advertencia.
Ese es, en el fondo, el sentido último del Premio Luis Valtueña: reconocer no solo la calidad estética de las imágenes, sino su capacidad para contribuir a una conciencia global más crítica, donde lo humano tiene una presencia estremecedora.
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MIRAR PARA TRANSFORMAR
El fotoperiodismo humanitario nos recuerda, además, que mirar no es un acto pasivo. Mirar implica reconocer, comprender y, en última instancia, posicionarse.
En tiempos de sobreinformación y consumo rápido de imágenes, el verdadero desafío no es solo producir fotografías, sino hacer que importen. Que detengan. Que incomoden. Que permanezcan.
Porque, como demuestra el trabajo de Samuel Nacar, Valentina Sinis, Santi Palacios y Jehad Al-Sharafi, y de tantos otros periodistas que arriesgan sus vidas para contarnos lo que sucede y acercarnos otras realidades hasta nuestros cómodos sofás, una fotografía puede no cambiar el mundo por sí sola, pero sí puede cambiar algo esencial: la forma en la que decidimos verlo.
Y cuando cambia la mirada, cambia también la conciencia. Y con ella, la manera en la que habitamos el mundo.



