
En Nigeria, desde el bullicio de Lagos, en el suroeste, hasta las comunidades más tranquilas del estado de
Taraba, en el noreste, las escuelas están explorando formas creativas de fomentar la paz y la convivencia
entre su alumnado. ¿La clave? La cultura.
La premisa es sencilla pero poderosa: la música, la danza y las tradiciones no solo entretienen, también generan vínculos. ‘Uno de nuestros principales objetivos es consolidar la paz’, explica Nuradeen Bello, director de la Escuela de Ciencias de la Salud de la Mujer en Kaduna, al noroeste del país, en declaraciones a Peace News Network (PNN).
En su centro, estudiantes de orígenes muy diversos —cristianos y musulmanes, y de etnias como gbagyi, hausa, igbo, yoruba, nupe, kanuri o ebira— comparten platos, costumbres y celebraciones tradicionales. Para Bello, esta convivencia genera un nivel de comprensión y respeto que los libros de texto, por sí solos, no pueden ofrecer.
‘Algunos de nuestros estudiantes ni siquiera habían oído hablar del idioma ebira. Después de participar en nuestros encuentros, no solo lo reconocen, sino que lo celebran. Cuando nos unimos, la paz surge de forma natural’, afirma.
La educación cultural, subraya, comienza desde las primeras etapas. Antes de graduarse, el alumnado participa en al menos dos o tres eventos de este tipo, una experiencia que deja huella: fomenta la tolerancia y les prepara para convivir en contextos diversos. Bello lo tiene claro: si este modelo se extendiera a otras escuelas del país, podría convertirse en una herramienta clave para reforzar la unidad. ‘Todas las escuelas deberían integrar actividades inclusivas en su día a día. Cada estudiante debe sentirse reconocido y parte de la comunidad’.



