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Cuando las palabras mueren, muere la democracia. Dra. Carolina Godayol.

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Redactor Optimista
miércoles, 14 enero 2026 / Published in El bloc de

Cuando las palabras mueren, muere la democracia. Dra. Carolina Godayol.

‘Democracia’, ‘progreso’, ‘libertad’, ‘derechos humanos’. Palabras que durante décadas guiaron a las sociedades modernas, pero que hoy han sido secuestradas y vaciadas de contenido por quienes más deberían respetarlas. Su manipulación deliberada confunde y erosiona los cimientos democráticos.

En un mundo hipercomunicado, las palabras dejaron de ser herramientas de entendimiento para volverse instrumentos de poder. Orwell lo advirtió en 1984, donde el Ministerio de la Verdad alteraba el lenguaje para controlar la realidad. Hoy basta con observar los discursos políticos. Quienes dicen representar “el progreso” perpetúan sistemas que excluyen, concentran riqueza, hiperregulan y frenan avances reales. En su nombre se recortan libertades, se silencian voces críticas y se imponen agendas ajenas al bienestar común.

‘Progreso’ es quizás el término más manipulado del siglo XXI. Gobiernos y organizaciones lo invocan como mantra, pero pocas veces lo traducen en resultados. Venezuela es el caso más extremo. El régimen chavista se define como progresista, pero el país sufre una crisis humanitaria. Según ACNUR, más de 7,7 millones de venezolanos han huido por hambre, persecución o colapso institucional. La oposición está exiliada, en la clandestinidad o en prisión. ¿Es eso progreso? Las democracias de izquierda que no condenan este régimen debilitan el sistema democrático. Una excepción: el presidente chileno Gabriel Boric, quien desde 2022 ha denunciado con claridad la dictadura de Maduro.

En el Consejo de Derechos Humanos de la ONU han tenido asiento países como China, Arabia Saudita, Cuba, Venezuela o Rusia, todos señalados por violaciones sistemáticas. ¿Cómo es posible que los custodios del sistema compartan mesa con los verdugos?

Estas contradicciones no son anecdóticas: son estructurales. En América Latina, Europa y otras regiones, los demócratas de izquierda rara vez alzan la voz contra dictaduras afines. Cuba, Nicaragua, Bolivia o Venezuela son minimizadas por sectores que, mientras denuncian autoritarismos de derecha, callan ante la represión del “bando amigo”. “Tu asesino es mi amigo, tu torturador es mi cómplice”. Como si la tortura valiera más o menos según quién la ejerza.

La derecha también tiene doble vara: condena el comunismo, pero relativiza gobiernos como el de Viktor Orbán en Hungría, que también vulneran principios democráticos. Este doble estándar no es solo incoherente: es una traición al espíritu democrático. La democracia no se defiende cuando conviene ni se aplica según ideologías.

El precio de esta manipulación es alto. Cada vez más ciudadanos desconfían del sistema, de sus instituciones y representantes. El Edelman Trust Barometer 2024 revela que en más del 60% de los países encuestados, la mayoría cree que sus líderes “intentan engañarlos deliberadamente”. Esa desconfianza no nace del cinismo, sino del uso interesado del lenguaje. Si “democracia” ya no implica participación, y “progreso” no implica bienestar, el ciudadano queda en un desierto semántico donde todo puede significar lo contrario.

La filósofa Hannah Arendt advirtió que “el lenguaje político está diseñado para que las mentiras parezcan verdades y el asesinato, respetable”. Esa visión, profética entonces, parece cotidiana hoy. La democracia no muere de un golpe. Se erosiona lentamente, palabra a palabra, cuando el lenguaje deja de ser puente y se convierte en muro. Es deber de periodistas, educadores, ciudadanos y líderes exigir rigor. Es una urgencia democrática.

Porque cuando se traiciona la palabra, no solo se corrompe el discurso: se desfigura la realidad misma. Y sin verdad ni lenguaje común, la democracia pierde su voz. •


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Tagged under: Democracia, libertad, pensamiento

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