
Por Begoña Laveda · Contigo energía
La 30ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, se celebró el pasado mes de noviembre en Belém, en el estado de Pará (Brasil). Por primera vez, la cumbre climática más importante del mundo tuvo lugar en el corazón de la Amazonia brasileña, la mayor selva tropical del planeta y uno de los principales sumideros de carbono.
Belém, situada en la desembocadura del río Amazonas y puerta de acceso a la vasta Amazonía, no fue solo un escenario simbólico: fue una declaración de intenciones. La COP30 se presentaba como la “COP de la verdad”, la oportunidad para que la comunidad internacional trazara un camino claro hacia un futuro climático más seguro.
Sin embargo, el resultado final volvió a demostrar lo difícil que es avanzar cuando conviven intereses tan distintos.
El acuerdo alcanzado no ha cumplido con la ambición esperada, dejando un sabor agridulce tras dos semanas de negociaciones intensas. Se alcanzó un consenso general, pero con importantes ausencias claves, como la eliminación de combustibles fósiles.
En un año marcado por los 20 años del Protocolo de Kioto y los 10 del Acuerdo de París, esta COP quiso reivindicar la necesidad de pasar de las palabras a la acción, renovar la voluntad política y fortalecer el multilateralismo como única vía para construir un futuro más sostenible.
Para ello, se reunieron 194 países y más de 50.000 personas. Aun así, en estas cumbres no solo se negocian políticas, también son un punto de encuentro para quienes ya están impulsando el cambio. Y esta COP ha demostrado que el multilateralismo sigue vivo, ya que no olvidemos que estas cumbres son el único foro en el que esos 194 países buscan coordinarse para reforzar su resiliencia frente a la crisis climática. Y, además, confirman que la dirección es clara: más renovables, más justicia y más cooperación para impulsar un cambio real.
Es cierto que todos esperamos la gran conclusión final, y que este año no ha llegado como muchos deseaban. Pero no conviene olvidar que, mientras tanto, nacen alianzas voluntarias que transforman sectores enteros sin esperar consensos globales.
Así, en la COP30, se ha reafirmado que el mundo ha dado pasos decisivos hacia un futuro más sostenible, aunque persisten los retos políticos.
Uno de los debates más relevantes fue la propuesta de Brasil para eliminar los combustibles fósiles. Aunque la iniciativa tuvo apoyos, la presión de los países productores de petróleo bloqueó su inclusión en el acuerdo final. Aun así, creo que es bueno destacar que se aprobó la Declaración de Belém, que compromete a varios países, incluido España, a trabajar en una transición justa hacia la eliminación de los combustibles fósiles. Y aunque no es vinculante, establece un marco clave para la acción futura.
Además, se comprometieron más fondos para adaptación y mitigación, garantizando recursos para los países más vulnerables. Y, por primera vez, el texto final reconoce la necesidad de frenar la desinformación climática y proteger a periodistas ambientales, científicos e investigadores frente ataques o campañas organizadas por su labor en la divulgación de datos y evidencias relacionadas con el clima.
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Pero más allá de los acuerdos, la transición energética se mueve cada día en los hogares, en las comunidades y en las decisiones que tomamos. Cada hogar que instala placas solares, cada comunidad que comparte energía, cada cliente que elige una comercializadora 100% renovable acelera el cambio.
Pasamos de ser “clientes” a ser actores activos, generando, compartiendo y decidiendo cómo queremos consumir la energía. La Agencia Internacional de la Energía lo resume en una frase:
“La Era de la Electricidad ya ha comenzado”.
La electrificación crece a un ritmo sin precedentes, impulsada por movilidad eléctrica, climatización, digitalización y, sí, inteligencia artificial. La energía limpia se ha convertido en motor de progreso y esperanza. Y eso es gracias a los ciudadanos como tú y como yo.
Pero democratizar la energía exige superar barreras. El coste inicial sigue siendo un obstáculo para muchos hogares; la desigualdad territorial limita opciones en determinadas zonas; y la falta de cultura energética genera desconfianza y frena decisiones. Necesitamos una energía comprensible, cercana y transparente.
Cada día escuchamos que “la energía es el gran reto del siglo XXI”. Y lo es. Pero para mí, hablar de energía solo se entiende si hablamos de energía responsable. Esa que al usarla lo haces pensando en el planeta y en las personas.
Porque el gran reto del siglo XXI no es la energía en sí, sino cómo la usamos, qué priorizamos y a quién beneficia la transición. Y para lograrlo, necesitamos más espacios de encuentro, más gente comprometida y valiente y, sobre todo, dejar atrás los combustibles fósiles cuanto antes.
