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Pandemia, sí, oportunidad de cambio, también

Pandemia, sí, oportunidad de cambio, también

JAVIER PARRONDO

Diplomático. Actualmente está destinado en la Embajada de España en Bangkok.

Hace tiempo que quiero escribir sobre esta pandemia que ha trastornado nuestras vidas, pero no encontraba las palabras adecuadas… Y es que describir estos tiempos confusos que nos rodean no es tarea fácil. Se impone el trazo grueso y el exceso de información, de tal manera que los matices se van poco a poco desdibujando. Aun así, es necesario estar alerta porque es en estos momentos de crisis cuando las conquistas alcanzadas por todos en democracia, y los derechos y libertades que disfrutamos, están más en peligro que nunca.

Lo explica muy bien la escritora y activista canadiense Naomi Klein, en su libro La doctrina del shock, publicado en 2007, en el que demuestra que solo a partir de un impacto extremo sobre la población, que provoca en esta conmoción y confusión, es posible la imposición de medidas impopulares, que hubieran sido inconcebibles de no haberse producido esas perturbaciones. En su opinión, algunos hechos, como por ejemplo la guerra de las Malvinas o el 11 de Septiembre, han sido la excusa perfecta para, en el primer caso, poner en marcha las reformas económicas y laborales de la era Thatcher, y, en el segundo, la ‘guerra contra el terror’ por el presidente George W. Bush. La idea es aprovechar el shock de un desastre y crear ‘oportunidades atractivas de mercado’ que benefician a unos pocos, en torno generalmente a tres tipos de medidas: la privatización de empresas y bienes públicos, la desregulación de ciertos sectores comerciales, y los recortes en gasto social.

Algo parecido puede ocurrir en los tiempos que vivimos, donde es tal la dosis de miedo derivada de la pandemia y las incertidumbres que esta ha generado, sobre todo en la economía, que estamos más predispuestos a aceptar ciertas medidas restrictivas, que pueden agravar aun más las divisiones sociales. De ahí la necesidad de exigir información veraz, so- meter cualquier dato a un análisis crítico y sereno que nos permita sacar nuestras conclusiones, y sobre todo, actuar como ciudadanos libres conscientes de nuestros derechos y obligaciones para evitar ser objeto de manipulaciones.

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Si algo ha demostrado esta pandemia es la interacción existente en un mundo globalizado. Permitir la libre circulación de personas, bienes y capitales también tiene su precio cuando surge una pandemia: los virus se expanden con rapidez, y un foco viral descontrolado se convierte en cuestión de días en una pandemia global. Por ello, en el futuro es previsible que veamos una globalización a más pequeña escala, y los más beneficiados serán posiblemente los procesos de integración regional, como la Unión Europea. Con anterioridad a la pandemia, las cadenas de valor pasaban por multitud de países y estaban sometidas a un gran número de factores, a veces imprevisibles (tensiones políticas, factores climáticos, etc.). En los próximos años veremos un mundo igual de globalizado, porque la integración de las economías es un proceso que no tiene vuelta atrás, pero con ajustes, y ahí es donde la cercanía entre consumidor y producto o un mejor abastecimiento de material sensible, como el sanitario, serán cada vez más valorados. En este caso, sí que no cabe hablar de vuelta a la normalidad, simplemente porque esa normalidad estaba ya en crisis. ¿O acaso se puede calificar de normal consumir productos que se cultivan a miles de kilómetros de distancia? ¿O permanecer impávidos ante los preocupantes niveles de contaminación de nuestras ciudades? ¿O ser testigos de la destrucción de la biodiversidad en aras de una supuesta eficiencia económica?

A pesar de los estragos provocados por esta pandemia, el momento que vivimos es también una oportunidad de cambio que nos puede permitir poner las bases de un sistema basado en la sostenibilidad, la solidaridad y el humanismo. Estos tres principios deberían guiar la etapa post COVID, ya que el modelo económico liberal ha demostrado que sitúa los intereses del capital por encima de las personas, y cualquier estructura social que no coloque al hombre en el centro del debate está abocada al fracaso. Es importante, en este sentido, la movilización social, y que la contestación que ha adoptado ya una escala global, sobre todo en asuntos como el cambio climático o la defensa del medio ambiente, se mantenga, porque es la única vía para una acción concertada y un elemento de presión para evitar que el modelo productivo siga poniendo en riesgo la habitabilidad del planeta. Decía Winston Churchill que ‘nunca hay que desperdiciar una buena crisis’. Pues bien, si conseguimos establecer nuevas bases de desarrollo y hacer que este sea más sostenible, solidario, y orientado a las personas, esta no será una oportunidad de cambio desaprovechada. •

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