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Carta de amor a Madrid

Carta de amor a Madrid

ARANTZA DE CASTRO

Periodista y escritora. Autora del poemario ‘No sé qué hieres’ (Amazon, 2020)

Yo ya era de Madrid antes de poner un pie en ella. Es un sentimiento que notas y emana de dentro de ti con un caudal irrefrenable. Desde mi hogar –en Valladolid-, yo pensaba en la Gran Vía, los teatros, los restaurantes, la Cibeles, El Retiro, el Prado y la inmensidad del Paseo de la Castellana con esa emoción incalculable que te provoca el sentir amor hacia lo prohibido. Madrid era parte de mí antes de conocerla, incluso antes de saber que se convertiría en mis días. Y es que, en este 2020, hace ya diez largos años que llegué a la gran ciudad para quedarme. Y no exagero si digo que fue todo un sueño hecho realidad, aunque ahora lo vea con distancia y perspectiva. Me gusta no olvidar lo que sentía por ella como si fuera un amor inalcanzable. De eso tratan las relaciones.

Fue en 2010 cuando cogí mi maleta y algunos recuerdos y me planté en una ciudad que, ilusa de mí, desconocía por completo. Y aún sigo desconociéndola. Sin embargo, Madrid te atrapa, te quiere, te acoge con el calor de una hoguera en pleno invierno. Madrid te permite ser uno más, sin serlo. Pasear por el Rastro en domingo, visitar Las Vistillas en San Isidro, acercarte en Navidad a la Plaza Mayor o perderte por los pasillos del Museo Thyssen son placeres incalculables que no quieres dejar atrás. Nunca. Cómo no quererla con todo lo que te regala.

He de ser sincera. No todo ha sido un camino de rosas. Madrid es una ciudad difícil. Cuando llegas crees que te comerás el mundo y no es cierto. Esta ciudad cuenta con millones de personas, de dentro y de fuera, que buscan su camino. Y tú eres uno más en este océano de peces hambrientos de ilusiones. Hay que saber adaptarse a ella y sus gentes sin desfallecer por el camino. Y también por eso la quiero.

Pero lo cierto es que, por mucho que te sature y necesites alejarla de ti durante un tiempo, siempre que no estás la echas de menos. Madrid es una ciudad que se añora y que se queda en lo más profundo de ti. Cuan- do estás a kilómetros de distancia no puedes dejar de pensar en ella. Y en volver. Porque da igual lo dura que sea contigo, siempre quieres regresar. Por eso, me gusta decir que soy de Madrid. Y espero que ella me lo permita. No soy la única que piensa así. Ya lo dice el autor palestino Marwan en su canción ‘Puede ser que la conozcas’: ‘En ocasiones necesito serle infiel / Irme unos días, darme un tiempo de descanso / Pero al estar con otras algo empieza a arder / Y en poco tiempo voy de vuelta hacia sus brazos’.

Por este motivo, como madrileña, siento un dolor incalculable de ver cómo nuestras instituciones y administraciones la maltratan, hacen de ella el patio de su recreo y proyectan al mundo una imagen que no es cierta. ‘Los madrileños’ como término despectivo es el resultado de decisiones que a nosotros se nos van de las manos. Y que, seguramente, ninguno queremos. Madrid hay que amarla y eso significa quererla y cuidarla sin hacerle daño. Porque no se lo merece.

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Se escapa de mi mente el pensamiento de si aquellos que tanto dicen defenderla la aman tanto como yo. Porque querer de verdad es no hacer daño. Madrid es una ciudad que sufre y que se ha colocado este último año –sin quererlo- en el foco de la pandemia. Y aun así los madrileños han estado a la altura de las circunstancias, como quien está cuando venera un amor. Por eso somos nosotros lo que debemos pedir respeto por ella, que tanto nos da y aporta cada día. No podemos dejar que destruyan su esencia. Ni que otros la vean con una mala mirada que no le pertenece.

Lucharé por ti, Madrid. Por todo lo que me has dado en una década. Y por lo que me seguirás dando. Por todas las vivencias memorables asentada en barrios castizos y horas de Metro. Por todos los vermús de media tarde y las bravas a destajo. Por el aire respirado en la Plaza de Oriente y la paz interior alcanzada en Madrid Río. Por las tardes de Matadero y por las noches en Chamberí. Por acogerme en Quevedo y dejar que me quedara en Embajadores. Por los paseos por Fuencarral y los madrugones en San Ginés. Por las vidas conocidas y por las que se fueron. Por las que vendrán. No sería hoy quien soy sin ti. Y no tendré vidas para agradecértelo.

‘Y no es que te hubieras hecho de Madrid, es que ya eras Madrid (…)Y cuando volvías al pueblo por vacaciones te dabas cuenta de que eras madrileña porque así te nombraban: ‘la de Madrid’,’ Elvira Lindo (Pregón de San Isidro, 2019). •

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