Plinio Apuleyo Mendoza: Viviendo sin ‘Gabo’

Posted on julio 19, 2016, 11:12 am

Sueña despierto y lo hace con volver a vivir a Madrid y escribir sus memorias, pero la suya sería una biografía novelada ‘porque la novela es un striptease al revés y la ficción cubre con abalorios la desnudez de lo vivido’. Mucha vida y mucho para contar.  Estos son algunos fragmentos de quien se sabe un sobreviviente.

Por JULIA HIGUERAS Fotografía LUIS BENOLIER

Captura-de-pantalla-2016-03-07-a-las-13.21.59Le conocí en la feria del libro de Bogotá en un homenaje a Gabriel García Márquez, fallecido poco tiempo antes en México y meses más tarde le entrevisté en Madrid. Plinio Apuleyo Mendoza y el Nobel de Literatura colombiano eran grandes amigos, el buen periodismo fue el nexo de una unión que permaneció inalterable e inquebrantable a pesar de los años, las vicisitudes, los premios, la política y el Alzheimer.

Unos meses después de su muerte Plinio viajó a París con su esposa, la artista plástica Patricia Tavera, donde ella exponía sus obras, y no pudo vencer la tentación de visitar de nuevo la buhardilla del hotel donde ‘Gabo’ escribió ‘El coronel no tiene quien le escriba, abandonado a su suerte’ –el general Rojas Pinilla cerró el periódico El Espectador, del que era corresponsal- durmiendo de día para matar el hambre y escribiendo de noche para revivir las ilusiones y los recuerdos de una infancia feliz y alucinada.

Mientras subía la empinada escalera del hotel que desembocaba en el último piso, paró varias veces para empapar sus pulmones de aire renovado y coger fuerzas: la emoción y el esfuerzo no le permitían respirar… pero sí le dejaban curiosear por sus recuerdos, los de él y ‘Gabo’ en esa época concreta. ‘Plinio, no logro que haya calor en esta novela, porque en esta buhardilla vivo temblando de frío…’ Y también cuando García Márquez le dio el manuscrito de esta novela que él paseó sin éxito por Colombia y Venezuela y que pese a intentarlo por activa y por pasiva, nunca pudo brindarle a su amigo un editor. Cuando le propusieron dirigir la revista venezolana Momento le llamó inmediatamente para que trabajara con él, a lo que Gabo accedió, le pagó el billete y se lo llevó de vuelta a América.

El 24 de diciembre de 1957 recuerda que fue a recogerlo al aeropuerto de Caracas y le encontró verde de frío y hambre. Como había que cerrar el número, juntos se fueron a la redacción y García Márquez acostumbrado a dormir mal o a no dormir, no sentía ni un ápice de cansancio. Así estuvieron tres días con sus noches trabajando y cuando acabaron, Plinio – que había pedido a su hermana que les hiciera una comida para un pic nic- le dijo a su amigo que irían a la playa a descansar, a tumbarse al sol, pero enseguida ‘Gabo comenzó con sus cosas, esos presentimientos que han sido una constante en su vida y me dijo: ‘Plinio, va a pasar algo, lo siento pero no podremos ir a la playa’, y yo le contesté: ‘Mira Gabo, en un día tan precioso, con un sol tan radiante no puede pasar nada malo’.

Sin embargo, cinco minutos después, escuchamos el sonido de una cuadrilla de aviones, luego ráfagas de ametralladoras y finalmente el estrépito de cañones antiaéreos. Acababa de sublevarse la base de Maracay. Aunque tal sublevación fracasó, semanas después un nuevo levantamiento acabaría con la dictadura. Eran esas cosas de Gabo, que ocurrían todos los días con menesteres importantes y también cotidianos: ‘Oye, Plinio, ¿ves a ese camarero?, cuanto llegue a esta mesa que hay detrás de nosotros, se le caerá la bandeja’, y llegado a ese punto, ¡zas! la bandeja salía disparada por los aires… Ante mi cara de estupefacción, él siempre me guiñaba un ojo. Creo que había heredado este don de su abuela de Arataca, aquella que hablaba con los muertos…

Su amistad con uno de los dieciséis hijos del telegrafista de Arataca es una historia bonita que conta

Yo diría que fue una amistad duradera que sobrevivió a todos los acontecimientos con los que la vida nos fue sorprendiendo a los dos. Nos ayudamos mucho, siempre, por encima de todo, estaba la amistad. Hay tantos recuerdos, como periodistas, aquel primer editorial de la nueva democracia venezolana que hicimos juntos en la revista Momento, experiencia que alcanzaría proyecciones inesperadas en la obra de García Márquez…

Se refiere a la visita que hicieron juntos al Palacio de Miraflores, donde había vivido el dictador venezolano

Sí, me acuerdo de un octogenario mayordomo que nos enseñó la habitación donde solía dormir el dictador Juan Vicente Gómez, a quien él había servido y recordaba con respeto. ‘El General dormía en esa pieza con ese gallo suyo, nos dijo, y no en una cama, sino en su hamaca’. Al salir del palacio Gabo me dijo: ‘¿Te das cuenta Plinio de que no se ha escrito todavía la novela del dictador?’

FOTO 14 PAM PREMIO VIDA Y OBRAY ese fue el principio de El otoño del patriarca

Sí, ahí empezó a buscar datos para el libro que años más tarde escribiría… Y también en esa década, la de los años cincuenta, había intentado redactar una novela que había titulado La casa que y que años después, haciendo una nueva versión, se convertiría en Cien años de soledad.

Es increíble pensar que nadie quisiera editar Cien años de soledad

A veces el tamiz del tiempo hace ese efecto, pero fue así porque en realidad nadie quería editar la novela por la que Mercedes (la mujer de Gabo) y él habían empeñado todo lo que tenían, hasta la zumitera, como luego escribió en sus memorias Vivir para Contarla. Ni en Venezuela ni en Colombia encontré editor, al final de dar muchas vueltas, conseguimos que un editor argentino la publicara, sí, con mucho esfuerzo… Y eso que sería la novela más vendida del mundo, pero le costó lo suyo encontrar un editor.

Y usted retomó su carrera de escritor, comenzó a escribir Desertor y él le devolvería el gesto porque la amistad es un camino de doble dirección.

Sí, se cambiaron las tornas… Fue a mí a quien se le acabó el dinero y ahí apareció el Gabo protector que me presentó a una persona que nos daría la plata para sacar una revista cultural y política que queríamos editar. Se llamó Libre y duró dos años (1971-72) y en ella escribimos Juan Goytisolo, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes…

Lo bueno dura poco, parece mentira lo difícil que es siempre sacar adelante una revista cultural.

Es una tarea de titanes, pero no íbamos a dejar de intentarlo por eso. Después me quedé de corresponsal de varios periódicos venezolanos y más tarde me ofrecieron un cargo como agregado cultural en la embajada de Colombia en París y luego vendrían, ya como embajador, Roma y Lisboa.

FOTO 5 Plinio_Gabo en ParísPero quería hablar de Años de fuga la novela con la que Gabriel García Márquez quería comenzar su andadura como editor. (Se ríe).

Esta es una historia muy graciosa. Gabo me llamó, y sabiendo la dificultad que tenía para que me editaran mi último libro, me dijo: ‘¿Por qué no te vienes a Barcelona? Tráeme el libro y yo me encargo de hacerlo editar. Nos citó a todos ( a mí y a los de Seix Barral) a un desayuno y allí que fuimos. Nos recibió con esta frase: ‘Buenos días, soy agente literario y mi primer cliente es Plinio Apuleyo Mendoza y ésta – señalando al manuscrito- es su novela’. Pero Gabo, si no has leído la novela, le dije después, a lo que él contestó: ‘Plinio, seguro que es buena’. Tenía un gran sentido del humor, al final, esta novela tuve que quitársela a Seix Barral porque me llamaron de Plaza y Janés para que la presentara a concurso, un concurso que, por cierto, gané…

Y al que se presentó por pura superstición, al final todo queda entre amigos porque García Márquez era un gran supersticioso, le horrorizaban las ‘pavas’ que es como llaman los venezolanos a los ‘gafes’… (Carcajadas).

Sí, una amiga me había pedido que la acompañara unos meses antes a ver a una bruja que ella frecuentaba muy a menudo. Cortésmente, lo hice y para agradecerme el gesto me dijo que me invitaba a la consulta… Así que me dejé convencer y la bruja me echó las cartas… 6 en concreto y las fue pateando hasta que quedó una sola, me miró y me dijo: ‘Todo lo que llegue desde Colombia será bueno y tendrá que cogerlo sin dudarlo’. Esa misma tarde fue cuando me llamaron de Plaza y Janés para que me presentara al premio y después de lo que me había pasado en casa de aquella bruja y guiado por la pura superstición, le quité la novela a Seix Barral y la presenté al concurso…

Y así fue pasando la vida entre ficción y realidad, novela y reportaje, libros y revistas… Muchas cosas que contar.

Cuando me doy cuenta de que la vida ha pasado rápido, que Gabo se fue, alguien a quien estuve tan unido con el que pasé tanta hambre, con quien soñé el socialismo y con quien viajé a la Unión Soviética.

Aquel fue un viaje decepcionante

Vimos una Alemania del Este deprimida, vimos cosas dramáticas, terribles… Después de varios días de estar recorriéndola y de dormir en el automóvil, me despertó Gabo con voz temblorosa: ‘¡Plinio, Plinio que he soñado una cosa horrible!’, pero ¿qué has soñado?, le pregunté yo: ‘Que el socialismo no funciona’. Luego Gabo escribiría un libro de viaje por los países socialistas que no se volvería a editar para no molestar a Fidel Castro, pero la visión que tuvo fue igual de mala que la mía, una visión horrible, y que hizo que ninguno de los dos creyéramos en eso del socialismo. A él le atrapó la amistad personal con el Comandante. Era muy fiel a sus amigos y los respetaba en todo.

¿Cambió con el Nobel?

La fama llegó mucho antes que el Nobel, ya había publicado Cien años de soledad que fue la novela que le cambiaría la vida. Sin embargo los amigos seguimos viéndole como al amigo de toda la vida. Él nos buscaba para sentirse el Gabo de siempre. Iba a visitarlo muy a menudo a Barcelona, a México, y todo el mundo le paraba por la calle para que le firmara libros, cosas y le llamaban ‘maestro’. Era muy cansado pero lo llevaba con una gran dosis de humor. Y hablamos del futuro del papel, una pregunta que resuena por doquier, tanto en editoriales de libros como de revistas. Nadie sabe qué va a pasar ni se quiere aventurar a hacer predicciones al respecto. ‘Yo me quedé con el papel, ya soy un viejo, pero aun así veo qué puede ocurrir porque los chavales todos usan Internet. Me inquieta el cambio y no lo he podido asumir, pero es evidente que los periódicos acabarán desapareciendo. El director de Tiempo, la revista en la que escribo en Colombia, me dijo que estaban preparando dos redacciones distintas: una en papel y otra digital. Aunque yo sigo pensando en el libro editado, porque el papel hace que tengas todos los sentidos despiertos: el olfato, el tacto, la vista… todo lo digital está muy bien pero no es sensual…

Acabaremos todos haciendo sexo virtual (Se ríe a carcajadas).

Todo es intangible, estamosen la época de lo intangible, de lo virtual, aunque yo no sepa muy bien qué quiere decir esto. Lo que sí sé claramente qué significa es esta sensación extraña de ser un sobreviviente y que me acompaña desde hace varios años… Significa, por ejemplo, ir a París y no poder dejar de visitar el hotel de Flandre en la rue Cuja, subir al séptimo, último piso, donde Gabo vivió, flaco entre los flacos, con más cara de argelino que los argelinos y que suscitaba inmediata desconfianza en los policías que a veces le hablaban en árabe en pleno Boul Nich…

Captura-de-pantalla-2016-03-07-a-las-13.21.35Y Plinio empieza a recordar la época en la que el éxito y la fama perturbó el sentido de la realidad y que se convirtió en una amenaza constante para la vida privada de Gabo. A Cien años de soledad le tuvo rencor porque estuvo a punto de desbaratarle la vida. Después de su publicación nada volvió a ser como antes y añoraba estar encogido de frío, con las rodillas pegadas al radiador de la calefacción y tener el retrato de Mercedes, clavado en la pared con un alfiler, a la vista… Siempre estas regresiones en el tiempo, esta vuelta atrás en el recuerdo a esa habitación llena de humo de cigarrillos, donde Plinio abría las ventanas y sacaba a Gabo a la calle a comer alguna cosa y él loco por escribir… ‘Compaginar esas dos imágenes, el pasado y el hoy me ha resultado muy difícil y ahora, al ver que se murió… Gabo, mi amigo, que andaba con uno para arriba y para abajo, el que estaba con uno por todas partes, Gabo en Venezuela, Gabo en la Habana, Gabo en Bogotá, en la Unión Soviética, en París, en Barcelona, en Roma… Toda una vida y esta sensación de sobreviviente es una carga pesada. En mi corazón y en mi cabeza siempre estará el Gabo amigo, el Gabo compañero… después vino el Gabo escritor, sí, pero el que yo conocí fue otro Gabo… En Barranquilla, en la Cueva, donde nos encontrábamos – ya solo quedamos tres- y todos le protegíamos. Un bar de cazadores y literatos y barranquilleros, unos 10 tipos alegres… Ahora se ha convertido en una especie de museo y como están casi todos muertos, hay unas fotografías enormes de todos ellos en las pareces y yo me siento caminando en medio de ese panorama y pienso, con la cabeza puesta solo quedamos Diego Angulo, Álvaro Castaño y yo.

¿Cómo vivió que se fuera él y los demás amigos, que vaya desapareciendo toda una época? Se fue antes, mucho antes.

Gabo tenía problemas de memoria y poco a poco me fui dando cuenta de que no podía hablar con él. En 2011 fue la última vez que le vi y ya era como tener un amigo muerto en vida. Jaime García Márquez, el hermano, me decía: ‘Él esta ahí pero realmente no está…’ Podría haberme forzado a ir pero no quería forzar y que no me reconociera porque ese era un golpe muy fuerte que no sabía si iba a ser capaz de resistir. La última vez que le vi bien fue en Barcelona ya con la memoria corta, averiada, nos metimos en un restaurante y comenzamos a hablar de las cosas antiguas y esas las tenía intactas y estaba feliz y me decía: ‘Al fin puedo hablar de estas cosas con un amigo de entonces, mira Plinio tienes que venir a México y tenemos que tomarnos unos vinos…’ Estaba pletórico. Fui la última vez que lo vi. Le seguí llamando todas las semanas, era como un hermano para mí…

Le quería, bueno solo hay que ver cómo le brillan a usted los ojos

Claro que le quería. Seguíamos hablando semana tras semana, hasta que poco a poco ya no sabía con quien estaba hablando… Y se fue…se fue mucho antes.

¿Con qué sueña Mendoza?

Sueño con trabajo, estoy escribiendo un libro o haciendo una revista. Me despierto y me vuelvo a dormir y sigue el sueño mismo… (Se ríe).

¿Y los sueños despiertos?

Dos son los sueños que tengo despierto: uno volver a Madrid y el otro escribir mis memorias. Pero no quiero hacer una autobiografía, lo que quiero es escribir una biografía novelada. Porque la novela es un streaptease al revés y la ficción cubre con abalorios la desnudez de lo vivido… •

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