Ombloguismo Social / Miguel Ángel Sabadell

Posted on junio 20, 2016, 1:32 pm

En junio tuve la oportunidad de viajar al País Cátaro, una región del sur de Francia que rezuma historia y donde -dicen- acude un turismo (supuestamente) de nivel, nada de ése que llaman de costa y playa. Una noche, cenando en un restaurante de alto copete en Carcasona en una terraza al abrigo de la muralla, sucedió algo que me dejó helado. Una parejita de venerables ancianos, ingleses para más señas, había terminado y se dirigían a la salida. Había un pequeño escalón que la pobre mujer no vio y, tras dar un traspiés, se fue al suelo. Cayó frente a varias mesas ocupadas por distintas parejas: ninguna se movió. Los hombres, engolados ellos, se quedaron mirando como quien ve las noticias en la tele. Únicamente uno de los camarero y un servidor, que tuve que cruzar medio restaurante para llegar, ayudamos a la pobre señora. Nadie más se levantó.

Este hecho ejemplifica perfectamente lo que he dado en llamar ombliguismo social. Lo podemos observar a cualquier escala, como el otro día en el supermercado. Iba una mujer andando por el pasillo tranquilamente cuando un hombre, viniendo desde atrás con su carro, se cruzó delante de ella para meterse en uno de los lineales: la pobre tuvo que parar en seco porque si no se hubiera dado de bruces contra el carro. El hombre ni se inmutó y mucho menos pidió disculpas. Yo apuesto que ni la vio.

Porque el ombliguismo social se caracteriza por no mirar más que a nuestro propio ombligo: todos lo hacemos alguna vez que otra pero por alguna razón, quizá porque me voy haciendo viejo y me fijo más en lo que sucede a mi alrededor, hoy lo veo mucho más acusado que antaño: ese grupo de personas que se para a charlar en mitad de la acera haciendo que el resto nos tengamos que bajar a la calzada para pasar, la mujer que en el aeropuerto se sienta en medio de los asientos impidiendo que nadie más pueda hacerlo… Apostaría que ni se dan cuenta de lo inadecuado de su comportamiento, pero es lo que tiene el ombliguismo que supongo que es una versión light de lo que los psicólogos llaman el mal samaritano.

Para comprobar si somos tan buenos como nos creemos los psicólogos han hecho este experimento. Un hombre con una pierna envuelta en vendas y empapada de sangre se desmaya ante los ojos de los transeúntes. ¿Cuantos le ayudan? El porcentaje depende del tamaño de la población: en las de menos de 1000 habitantes prestaron ayuda alrededor del 42% de la gente, cantidad que descendió hasta un 17% en poblaciones de varios millones de habitantes. Lo preocupante no es éste último dato, sino que en poblaciones muy pequeñas sólo 40 de cada 100 de las personas están dispuestas a echar una mano a un desconocido.

Miguel Ángel Sabadell, doctor en Ciencias Físicas, editor de la revista Muy Interesante.

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