Mariné me mata

Posted on julio 13, 2016, 3:13 pm

Pionero en el diseño gráfico en un país lleno de talento que está más acostumbrado a importarlo que a exportarlo, referente internacional en un mundo de símbolos cargados de mensajes, sigue pensando que su vocación (Premio Nacional de Diseño 2010) está muy ligada a seguir trabajando para la marca España. Mariné padre se deja retratar por Mariné hijo en su estudio, un lugar virgen, protegido por el artista de la curiosidad de otros ojos que no sean los de sus amigos. Esta es una sesión fotográfica intimista y única. 

Por JULIA HIGUERAS. Fotografía: PABLO MARINÉ

Captura de pantalla 2016-07-13 a las 16.41.45Entre tímido, pudoroso y retraído me es­pera Óscar Mariné (Madrid, 1950) senta­do en una de las sillas de la sala de juntas de su estudio madrileño, un estancia que huele diferente, un lugar apacible y solea­do donde el diseño gráfico y los sueños conviven en maravillosa armonía. Sólo hay que echar una ojeada a cualquiera de sus esquinas para verlo. Por un lado, y encima de un mueble metálico pegado a la pared, reposan los carteles de una de las películas de Pedro Almodóvar, Todo sobre mi madre, y a la izquierda de estos hay ejemplares de la revista Yvory y cómo no, también de Madrid me Mata, revista- icono de una época- por la que Óscar luchó hasta donde pudo y a la que le debe mucho a pesar de haber sido él quien le diera, bas­tante tiempo atrás, la vida misma. No sé cuánto llevo mirando em­belesada las paredes, pero el en­cuentro con sus ojos de hombre bueno y honrado me dicen que un poco más de la cuenta. Y dejo mi curiosidad por los objetos para adentrarme con curiosidad también en el artista que tengo frente a mí.

Camisa negra, pantalón negro, zapatos negros, gafas de pasta negra, pelo moreno salpicado de plata, todo parece muy oscuro en él menos su sonrisa de porcelana blanca. ‘Estoy asustado, me da vergüenza que me pongas la grabadora –me dice–. No me considero nada importante, a mí me gusta hablar a través de mi trabajo y no tengo muy claro que un diseñador gráfico tenga que ser una persona pública’. Dicho esto, me lanza una sonrisa franca, sincera, cruza las manos encima de la mesa dispuesto a responder a toda una batería de preguntas, las que sean, y su actitud junto a mi insistencia por entrevistarle me llevan a pensar que su pudor no es para nada una pose, sino que tiene mucho de verdad, como su obra.

Ahora entiendo el motivo de no haber en­contrado ninguna entrevista tuya en In­ternet, solo algunas declaraciones con mo­tivo de algún premio, ¿por qué?

Porque lo importante es lo que hago, mi trabajo. Soy el que tiene la idea y sabe cómo contarla, me expreso a través de ella. Normalmente, suelo hablar en medios más específicos que tienen que ver con mi profesión y lo hago para trasmitir mi experiencia y mi forma de trabajar, pero en este caso estoy encantado de contártelo a ti.

Hace mucho tiempo que conozco tu trabajo. Cuando empezaba a hacer mis primeros pi­nitos como periodista tú ya eras un diseña­dor reconocido fuera de España, y siempre pensaba: ¿cómo Óscar derivó hasta aquí? Todos tenemos un momento en la vida que es fundamental, que te empuja a ser lo que eres, ¿cuál es el tuyo?

Me había movido en varios sectores. Dudé mucho sobre lo que quería estudiar y no encontraba ninguna profesión que realmente me gustara. Estuve tentado a ser arquitecto, coqueteé con el cine, me interesó mucho la fotografía –soy hijo de un director de fotografía- y aprendí a fijarme en las cosas mirando a través del visor de una cámara, bien de cine o de fotografía, pero siempre he sido espectador. Luego estuve una época trabajando de periodista, hice un poco de todo, recorrí todos los sec­tores y me di cuenta de que tenía una gran capacidad para ser un buen comunicador, que en el fondo no era otra cosa que una mezcla de todo eso por lo que había tran­sitado y dentro del mundo de la comunica­ción acabé agarrándome al diseño gráfico que era una profesión muy nueva.

A partir de los 20 años, vivió más fuera que dentro de España, y veía el resultado de una profesión que, prácticamente, en nuestro país no existía: ‘Me empezó a atraer, me gus­tó mucho y comencé a acercarme a ella estu­diando, buscando textos, fue una especie de iniciación y no conocía a nadie a mi alrede­dor que pudiera ayudarme. Fue una pequeña o larga búsqueda, depende de cómo se mire. Tardé ocho o 10 años en lanzarme a hacer la revista Madrid me mata y es ahí cuando comenzaron a componerse las cosas. Y así empecé a trabajar. Como nadie me iba a con­tratar, pensé en ser yo mi propio cliente’.

Captura de pantalla 2016-07-13 a las 16.42.03Lo primero que hiciste fue una empresa en las que diseñaba camisetas…

Sí, hice co­sas tan sencillas como esa. Fue mi primer negocio (sonríe), a partir de ese momento conocí lo que eran los procesos mecánicos, la serigrafía, las técnicas de impresión, que es una forma magnífica de aprender esta profesión y luego haciendo una revista en la que el editor era un director gráfico, algo muy novedoso en aquella época. Moncho Alpuente era mi compañero de aventuras, firmaba como artista invitado, decidíamos muchos temas juntos, pero quien realmen­te tiraba de la revista era yo. En esa época conocí a mucha gente importante que me iba a acompañar a lo largo de mi vida profe­sional, entre ellos al fotógrafo Jordi Socías. La fotografía, la gráfica, toda la parte de imagen, era el motor del proyecto. Todo esto se fue consolidando y acabé teniendo un cliente, dos clientes, tres clientes y poco a poco fuimos creciendo.

Ay, Madrid me mata… de verdad. (Se ríe)

Madrid me mata ha sido como una constan­te en mi vida, y sigo pensando muchas co­sas que pensaba en aquel momento, como son afrontar los retos de frente e intentar hacer cosas que eran difíciles, pero no im­posibles. Era una revista ambiciosa porque quería cambiar muchas cosas y a mí me sir­vió mucho en mi carrera. De hecho, una de las personas más importantes dentro de mi profesión, y que fue determinante en mi ca­rrera, fue Tibor Kalman. La conocí a través de la revista. Era un importantísimo diseña­dor cuyo trabajo me empujó a dedicarme al diseño; si me decidí por esta profesión, fue por él. Años después, él vio la revista y se interesó por mi trabajo, quiso conocerme y me abrió las puertas de Nueva York. Lo recuerdo como algo increíble.

Ya solo por eso mereció la pena.

Claro, pero no solo eso. Lo verdaderamente importante han sido los muchos amigos que he hecho durante el tiempo que duró la revista y que todavía me acompañan. Para mí , menos un gran negocio, Madrid me mata lo ha sido todo. La verdad es que mi trabajo lo sigo viendo como una aventura y sigo planteándomelo de forma muy pareci­da a como era al principio, haciendo cosas que me gustan y en las que creo.


A Óscar Mariné, el nombre de Madrid me mata le parece que fue todo un hallazgo, toda una declaración de amor a una ciudad llena de matices que nunca ha sido van­guardista en el mundo del diseño, su mundo, pero al que ha estado unida y a pesar de tra­bajar mucho fuera nunca ha roto el hilo. ‘He ido y he vuelto. Mi vocación está muy ligada a España que es un país que necesita de una marca. Tiene que buscar su oportunidad de saber cómo venderse. Antes se pensaba que lo de encontrar una marca estaba muy ligado a la publicidad, sin embargo no es solo un tema de una campaña sino de sím­bolos e imágenes. Las marcas y los símbolos españoles tienen que ser de primera’.


Captura de pantalla 2016-07-13 a las 16.40.01Tú has potenciado siempre los símbolos de este país…

Es el eje de nuestro trabajo, pero la sociedad lo confunde: no sabe diferen­ciar entre lo que es la publicidad, lo que es la gráfica, lo que es una marca. La buena comunicación está en saber extraer la esencia y las mar­cas españolas no han sabido hacerlo, tienen que ser bue­nas y no lo son.

¿Por qué?

Porque España es un país muy joven en el mun­do de la comunicación y está más acostumbrado a impor­tar que a vender producto.

Y a ti esto no te parece bien.

No lo critico, lo expongo porque creo que es así. Somos un país muy joven, que hace nada era to­talmente rural, poco industrializado, donde todo se basaba en experiencias familiares o de grupos. No tenemos tradición de grandes marcas, ni siquiera nuestras grandes multi­nacionales tienen una marca que compita en el exterior. Sin embargo, los anglosajones llevan haciéndolo 200 o 300 años. Cuando ves una película del oeste, si te fijas, cada uno de los frontales de las tiendas tiene un rótulo más convincente y sugerente que el otro. Y cuando ves una película de España del siglo XIX esa cultura es prácticamente nula… Si comparamos cómo se ha vendi­do la cultura anglosajona o la francesa nos damos cuenta enseguida de que a nosotros nos queda ese tramo por hacer.

Supongo que es cuestión de personalidad, de forma de ser.

Sí, fuera la gente nos quiere mu­cho. Siempre que viajo me doy cuenta de que a los españoles se nos ve como personas con mucha energía, mucha fuerza, convincentes y muy creativos. Todo el mundo está espe­rando a que movamos ficha. Antes había dificultades para trabajar fuera de España; ahora lo más difícil es trabajar dentro.

Captura de pantalla 2016-07-13 a las 16.39.54¿Qué quieres decir?

Pues que me noto cuestionado en Andalucía por ponerte un ejemplo, o en Barcelona. Todo el tema de los nacionalismos ha hecho mucho daño a este país, nos peleamos unos con otros como si fuéramos equipos de fútbol, cuan­do lo importante es que estuviéramos todos juntos, que trabajáramos como la selección española, porque está claro que la selección española juega mejor que el equipo local, ¿no? Creo que a la hora de construir nuestros símbolos también es importante que quienes los hagan estén jugando en la selección española y que cuando haya una oportunidad de comu­nicar alguno de los grandes hallazgos de la cultura española se haga en primera divi­sión, lo contrario, nos empobrece. Mira, yo con 20 años tenía solucionado el tema de los nacionalismos y me lancé al mun­do y siempre he funcionado perfectamente. Cuando vuelvo a España esto me llama mu­chísimo la atención, que estemos pegán­donos los del pueblo de arriba con los del pueblo de abajo. Este tipo de confrontación a mí me produce hasta una sonrisa.

Al hilo de lo que cuentas, ¿cómo ves la situa­ción que vivimos en este momento?

La situa­ción es confusa, creo que hay que elegir muy bien a tus amigos, a tus compañeros de viaje porque lo que está pasando es terriblemen­te difícil de entender. Si echas la vista atrás, es una de las situaciones más confusas que recuerdo. Pero, bueno, de las situaciones complicadas salen los grandes proyectos, los grandes amores…

Captura de pantalla 2016-07-13 a las 16.43.07Lo que está claro es que el ser humano es ex­traño.

Toda esta aventura de codicia, todo esto que está pasando es simplemente porque no somos buenos; menos mal que viene el Papa a vernos para que podamos confesarnos y nos perdone lo ma­los que somos. Es curioso que las épocas en las que hay más dinero sean las peores. Todo lo que está pasando tiene su origen en que ha sobrado el dinero, en la especula­ción masiva; no hacía falta trabajar, ¿para qué? Con cobrarle al de al lado un poco más de lo que te habían cobrado a ti por cualquier cosa, bastaba. Esta situación ha durado mucho tiempo, hemos vivido muchos años de una manera muy poco or­todoxa y ahora estamos viendo el resultado de todo aquello. Si tengo que decir la verdad, prefiero estos tiempos, los de ahora, con su crisis, que los que he pasado. Hoy con me­nos dinero soy más feliz que antes; además, veo que tenemos que ir hacia arriba porque ya no podemos ir más abajo. Y esto me da muchas esperanzas y me hace compartir mi vida con gente estupenda, la gente con la que tenía que relacionarme antes, por los tiempos que corrían, no lo eran.

La cultura del mínimo esfuerzo.

Sí, también están los que se esforzaban y se han esforza­do siempre. Ha habido gente que ha hecho su trabajo bien en todos los ámbitos, es la gente que entiende que hay que tomar una postura, que se comporta conforme a sus creencias y, pase lo que pase, funciona. De otro modo, si esto no hubiese sido así, el mundo se hubiera quemado hace mucho tiempo.

Ni la maldad ni la bondad son nunca completas.

No, están los claroscuros. Todos tenemos nuestro lado oscuro, pero en unos es mucho mayor que en otros. Lo impor­tante es que la vida continúa y en los mo­mentos difíciles hay que pararse a coger un poco más de aire y no desesperar, también hay más recompensas. Cuando las cosas son más difíciles, conseguir avanzar te hace sentirte más orgulloso de ti mismo.

Captura de pantalla 2016-07-13 a las 16.41.55Es verdad.

Tocar tierra hace que me sienta más ser humano. Tampoco me preocupa mucho el dinero, no soy una persona am­biciosa. Sí me preocupa poder hacer lo que quiero aunque solo me dé para sobrevivir, con esto me es más que suficiente. Poder pintar, reflexionar, porque detrás de mí tra­bajo hay mucha reflexión, no sé si mi trabajo será o no importante, pero a mí me gusta planteármelo como si lo fuera y cada vez que hago algún proyecto sé que lo va a ver mucha gente. Recuerdo, cuando estuve diseñando Babelia para el periódico El País, que pensaba en los miles de personas que iban a recibir la información, que en este caso era cultural, y en lo que mi trabajo iba a suponer para estos lectores, en la forma como yo planteaba el ritmo de las palabras, las interlíneas, como iba a estar contada toda la información que allí se iba a volcar, de alguna forma iba a fo­mentar el amor por lo gráfico, por la letra, por lo que estaba escrito, y para mí era una gran responsabilidad. Igual sucede con un cartel de un concierto, o cuando hago el cartel de una película, una campaña social o una ex­posición. Todo eso se va quedando, el tiem­po pasa y lo recuerdas porque forma parte de tu vida, de tus experiencias…

Eres Premio Nacional de Diseño 2010. Esta es otra experiencia más para añadir.

(Son­ríe).Me pareció increíble porque he hecho mi carrera fuera de las instituciones, no soy un diseñador muy oficial, que digamos… Sí es cierto que llevo mucho tiempo trabajan­do y supongo que mi trabajo ha ido crista­lizando. Lo que en un principio era una ca­rrera tan periférica, se ha ido oficializando, al final la gente te va conociendo, por insis­tencia, creo yo, o por pesadez. El premio es una de esas pequeñas gotas que te empujan a seguir. Estoy muy contento.

Y añade: ‘Mi casa es mi mundo, sí, pero lo único que pretendo es compartir, aprender, escuchar; espero otras voces. Esta profe­sión es una elección particular y en mi caso, me ha costado tanto tiempo y tanto camino aprenderla que ahora tengo muchas ganas de compartir mis conocimientos, para que los que vengan detrás no tarden tanto en llegar hasta donde he llegado yo…’

He oído que te llaman espíritu ‘net’ (perso­na abocada al estudio y labor espiritual que presta poco interés por las actividades de­portivas), supongo que lo sabes.

(Carcajada socarrona). Cuando digo que mi casa es mi mundo es cierto; vivo rodeado de libros, dis­cos y es el sitio donde más feliz soy. He teni­do que estudiar tanto… Todos los días de mi vida veo una película, todos los días de mi vida oigo música y eso significa que tengo muchos libros, una especie de biblioteca y muchos discos; soy un hombre muy casero.

Ahora en tu profesión, como en otras cuantas,hay mucho intrusismo.

La de diseñador es una profesión en la que tienes que nutrirte mucho. Los arquitectos acaban la carrera con 22 años y ya está, son arquitectos toda su vida. Nosotros no somos nada, menos aún en esta generación en la que nadie tiene un título y cualquiera puede autodenominarse diseñador. Tenemos un 99% de intrusismo.

Captura de pantalla 2016-07-13 a las 16.42.52El día en que las cosas no han ido muy bien en el trabajo, llegas a tu casa y te metes en tu rincón. Dime, ¿qué música pones en ese momento?

Soy muy actual, me gusta la música que hace la gente joven. Tengo mis preferencias pero estoy muy cercano a la pulsión juvenil. La música es un arte donde la gente entra muy joven y lo hace muy bien, mucho más en los países anglo­sajones porque todos aprenden a tocar un instrumento en el colegio. Yo pertenezco a una generación de músicos extraordina­rios; he tenido la oportunidad de crecer con Jimie Hendrix, Janis Joplin o Bob Dylan y es imposible compararla con ninguna otra. Sin embargo no me gusta quedarme anclado en aquella generación, me gusta estar al día de lo que se hace ahora. Eso me ayuda mucho a trabajar, a levantarme y a pensar que cada día hay que hacer algo nuevo. Me cuesta refugiarme en Mozart y prefiero escuchar a gente que tiene la osadía y el arrojo de los 20 años, que lucha por hacer las cosas bien y conseguirlo tan temprano es muy difícil. También me gustan la pintura, la fotografía, el arte y seguir a esa gente que irrumpe con su juventud, con fuerza. Estudiar, vigilar esos movimientos forma parte de mi trabajo y es mi responsabilidad saber lo que se está cociendo en el mundo.

De todo lo que has hecho, que es mucho y muy amplio, hay algún trabajo que te haya llegado más, que te haya hecho sentir mejor contigo mismo.

Hago todo mis trabajos con el mismo amor y los quiero a todos igual. Tengo una especie de respeto por todos los trabajos que me han encargado y que empieza en la persona que me ha elegido para hacerlo. Lo más difícil de mi profesión es que alguien confíe en lo que haces para que le soluciones un problema, de ahí mi entrega, mis ganas de ser socialmente útil, económicamente útil, sostenible, que lo que hago sirva para algo.

Captura de pantalla 2016-07-13 a las 16.42.58Y que llegue.

Sí, que le llegue a la gente. Me gusta que los que se vayan apuntando a esta pro­fesión también se sientan mo­tivados, desafiados con este trabajo, que produzca movi­miento, unas veces bueno, otras malo, pero que no pase nunca desapercibido.

Has perdido alguna vez la ilusión.

No (ro­tundo). Nunca he perdido la ilusión. Se­guramente, que me costara tanto trabajo tener un cliente, ha potenciado mi ilusión por seguir trabajando y trabajando. Cuan­do veo que la gente se desespera tanto por­que a los 25 años no pueden pagar la letra del piso, sonrío. Yo, las letras del piso las empecé a pagar muy mayor, he vivido de otra forma, tenía muy claro que este era un trabajo que me iba a exigir una vida bohe­mia y he compartido casa con amigos… Lo he pasado muy bien y con muy poco dinero, pero tenía claro que si quería trabajar en esto debía pasar por esa etapa. Lo que me costó más fue expresar lo que yo quería como yo quería, que la gente creyese en mí, que no me cambiase las cosas, todo eso me costó tanto esfuerzo que ahora mismo siento como si estuviera empezando.


Óscar se levanta y cierra el ventanal que da a la calle Barquillo. Enfrente hay un parque y como él mismo apunta, parece un barrio de principios del siglo XX. Hay abuelos sentados en los bancos de piedra que de­dican su mañana a ver a la gente pasar, a encontrarle el pulso a la vida que por esta zona pasa más lentamente que en el resto de este Madrid que mata. ‘Soy una persona tolerante –continúa-, más bien diría que me gusta mucho trabajar en equipo porque en esta carrera se requieren constantes diálogos, otras miradas para conseguir un producto útil y también bello, porque la belleza no es ningún pecado’. •


 

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