Huele a miel en las tierras del amor maduro

Posted on julio 14, 2016, 11:27 am

Enfocamos nuestro objetivo hacia territorios invisibles en los grandes medios. Buscamos la instantánea del amor que sobrepasa la cincuentena y lo hacemos de la mano de un especialista, de escritura vibrante y trascendente. Hablamos del amor más deseado, aunque muchos lo nieguen.

Por JOAN GARRIGA Fotografía M. COSANO y LULU PERPIÑÁN

La historia de Teresa y Alberto empezó hace 49 años: ‘Vivíamos en la misma calle en Madrid pero no fue sencillo empezar a salir’. Ella se resistía.

La historia de Teresa y Alberto empezó hace 49 años: ‘Vivíamos en la misma calle en Madrid pero no fue sencillo empezar a salir’. Ella se resistía.

Déjenme imaginar la vida como una danza continua, en la que todos sus movimientos sean creaciones y refinamientos de dos no­tas básicas: expansión y contracción, avance y retroceso, conquista y rendición, ganancia y pérdida, ascenso y descenso, vida y muer­te. Permítanme además imaginar una vida como la mía o como la suya, como un viaje completo en el que, evolutivamente, en cada momento, nos toca encarar y vivir distintos deseos, temores, voluntades y tareas. Aun­que sea obvio, recordemos que no es el mis­mo corolario de vida el que tenemos con 20 que con 60 años, por ejemplo. Nos impulsan fuerzas y necesidades diferentes. Si a los 20 años nos estimula el futuro y el deseo de construir, a los 60 lo hace la necesidad de dar sentido al pasado vivido y vivir gozosamente el discurrir de los días.

A veces he imaginado la vida como un via­je de ascenso a lo alto de una montaña, que culmina en la fase media y luego nos queda el descenso. El ascenso es el tiempo joven de la conquista, en la que fecundamos la vida para que encaje con nuestros planes y deseos: fortalecemos nuestra identidad, edificamos un recorrido profesional, nos las vemos con los asuntos de pareja y criamos hijos -o no-, nos arrastra nuestra pasión por conocer y rea­lizar, y seguimos con todas nuestras fuerzas los caminos por los que somos movidos.

Con suerte, llegamos a lo alto de la montaña y gri­tamos a los cuatro vientos nuestros logros y éxitos, e invariablemente se nos devuelve un eco que nos dice que en verdad no tiene tanta importancia, que éste que llamamos ‘Yo’ y al que consideramos ‘el centro de todo’, ahora se las va a ver con el descenso y con las pérdidas, con la comprensión de que la vida es efímera y tiene un final, con la imagen dibujada en el horizonte de la propia muerte como estación de destino. Empieza el descenso y, con fortu­na, si hemos cultivado una cierta sabiduría, entramos en una extraña paradoja: la de ex­perimentar que perder y descender es suave y produce una sorprendente suerte de alegría y felicidad: la que viene de que ya no tenemos que preocuparnos tanto, y podemos exponer­nos al flujo espontáneo y confiado de la vida. Ya no tenemos que luchar y defender, y ex­perimentamos la dulzura del desapego y una entrega mayor a la soberanía de la vida como es, por encima de nuestra voluntad personal.

Leonard Cohen dice que ‘los pesimistas están muy preocupados porque quizá vaya a llover. Yo, en cambio ya estoy mojado’. Y a continua­ción añade: ‘Lo único que se acerca a un con­suelo es el “Hágase tu voluntad”. Uno debe preguntarse hasta qué punto quiere convertir esto en el principio regidor de su vida: la idea de que todo se despliega en un mecanismo que le resulta imposible de entender. Y que lo toma o lo deja.

¿Qué tienen que ver estas disquisiciones con el amor maduro? Se suele decir que el amor joven es impulsado por la tiranía de la sexua­lidad, con su imperativo certero de que dispa­remos nuestras flechas de vida hacia el futuro, que el encuentro de los amantes arde; que el amor de los adultos se convierte en un amor cuidado, que los amantes se han hecho padres y cuidan de su prole y del sostén; que el amor maduro es un amor que busca la compañía, el compartir y el cuidado, y goza de tranquilidad. Sin duda, la pasión, el cuidado y la compañía pueden estar siempre presentes en distin­tos grados en cualquier fase. Y también en el amor maduro importa y mucho el roce de los cuerpos, los cariños y la vivencia del placer. Y ya sería hora, además, de que pensáramos abiertamente que la sexualidad termina con la vida y que, incluso en la ancianidad, tiene su presencia en su forma particular y distinta del disloque hormonal juvenil.


Los grandes planes ya fueron traza­dos en su día y ahora podemos ser de nuevo un poco niños, y vivir lo que hay, lo que cada día nos trae


El amor de pareja en la madurez encaja con el descenso de la montaña y cuando se ha ascen­dido con sentido, el descenso supone mayor libertad, tranquilidad, ligereza, desapego y entrega al presente… Los grandes planes ya fueron trazados, los grandes logros ya fue­ron realizados, los hijos ya fueron criados, y ahora podemos ser de nuevo un poco niños y vivir de nuevo lo que hay y lo que cada día nos trae ‘con un nuevo corazón tembloroso’ como diría Neruda. Por otro lado las adver­sidades naturales de la vida han limado las aristas de nuestras pasiones y nuestro carác­ter, las desdichas nos han sensibilizado a una luz que la prosperidad estricta nos mante­nía velada, y empezamos a entender el len­guaje del ser y no sólo el del tener, el sabor del misterio y no sólo el de la propia volun­tad, el gozo de lo incierto y no sólo su temor. Surge una perspectiva madura, sabia, ondu­lada del amor.

La mayoría de estudios coinciden en reconocer que el índice de felicidad es mayor en personas de entre 50 y 60 años. ¿A qué se debe? A un cambio de actitud más que a un cambio de las circunstancias. Y esto impacta en el ámbito de la pareja de manera que la rellena con frutos nuevos. Veamos.

Victoria y Julián llevan 38 años juntos ‘desde que un día nos hablamos en una piscina de Barcelona por un malentendido y ¡fíjate!’

Victoria y Julián llevan 38 años juntos ‘desde que un día nos hablamos en una piscina de Barcelona por un malentendido y ¡fíjate!’

En estos años hay mayor pertenencia y fusión. A las parejas que acumulan muchas millas de amor logrado se les premia con una gracia especial, la de ‘ser un solo cuerpo’. Así lo ex­presaba un matrimonio mayor, tocados am­bos por un evidente gozo de estar juntos: ‘a veces no sé si su pierna es mi pierna o la suya’, decía él. Una antigua fábula asiática explica que, cuando Dios hizo al hombre y a la mujer, al principio les dio un único cuerpo, lo cual satisfacía su deseo de fusión pero no el de autonomía, y reclamaron pidiendo dos cuer­pos, y Dios se los concedió. A él un cuerpo de hombre, a ella uno de mujer. Se cuenta que, desde entonces, experimentan un profundo anhelo de volver a ser uno, dando incansables bandazos entre libertad y simbiosis. Sea como sea, el anhelo de pertenecer, formar parte y estar vinculado profundamente, es el mayor instinto de los seres humanos. Al principio a nuestros padres, después a nuestras parejas y a las familias que creamos, y por supuesto a nuestra pareja en la madurez.

Estas parejan han conseguido mayor enten­dimiento, comprensión y respeto. Si el viaje propio y también el común ha sido verdade­ro y se han aprestado a desarrollarse como personas auténticas, ambos han aprendido el código de la tolerancia y el aprecio de lo ajeno, a sentir tan importante al otro como a uno mismo. Si han flexibilizado sus creencias y sus mapas de la realidad y abierto el cora­zón a lo distinto. Si, además, han acumula­do muchas millas de amor logrado, disfrutan de un gran almacén de actos comunicativos fértiles y esquemas de relación previsibles, que les dan reconocimiento y la seguridad de sentirse nuevamente en casa una y otra vez.

También hay mayor alegría, gozo y sentido del presente. Una progresiva relajación de nuestras pasiones, responsabilidades y ob­jetivos, franquea la entrada a un progresivo e inesperado regreso a la tierra prometida del ‘presente’, que nos hace resonar con el viejo paraíso perdido del ‘presente’ de nuestra niñez, cuando vivíamos más en el vivir y menos en nuestros pensamientos sobre el vivir. Con suerte, en la madurez se vuelve más silencio­sa y más abierta a la alegría por nada de cada momento, que la vida tal como decide ser, nos sigue regalando. En la pareja empieza a edificarse una dimensión del amor, en la que amamos al otro no tanto por lo que nos pro­duce, nos mueve o nos satisface, sino por ser como es y por estar ahí. Y los días se llenan de una actitud más gozosa.

Captura de pantalla 2016-07-14 a las 13.18.53‘Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes a tus ojos oceánicos’, reza un poema de Neruda. Quizá el amor maduro sea también un amor trascendente. En este amor, a través de los ojos oceánicos del otro, vamos más allá de él y abrimos esperanza, alma y corazón a un amor más amplio que abarca a todo y a todos. Y nos volvemos más y más altruistas. Y cerca del final sonreímos y seguimos plantando árboles de cuyos frutos otros comerán en nuestro lugar.

Esto es lo que hoy he imaginado, que no vivido, pues aún no siento que haya reunido méritos y años suficientes como para ingresar en pleni­tud en las filas de la madurez. Por lo que hace al ámbito de la pareja, sí que acumulo cicatrices propias suficientes, y miles de horas con las luces y sombras de otras parejas, como para entender un poco las bravuras de estos oleajes y desear, eso sí, las aguas tranquilas.

Por eso lo he imaginado con optimismo, y tal y como lo he visto en algunas parejas afortunadas, con muchas o pocas millas de recorrido, con muchos hijos e historia detrás de sí, o con poco de ambos. He preferido obviar, en este relato, a los que se compactan con los años en lugar de algodonarse, a los que siguen conquistando en lugar de saber declinar con dignidad y a los que se imponen en la madurez y la vejez en lugar de saber morir un poco antes de morir del todo, y ganar en vida un poco de vida eterna –el pre­sente maravilloso-, antes de que la eternidad nos engulla a todos por igual, con sus enormes brazos, como una gran madre.

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