¿Cuántas veces, esperando a coger un avión, no hemos sentido la tentación de tomar una decisión que podría cambiar el curso de nuestras vidas, apenas sin esfuerzo? Nos bastaría con esperar sentados en nuestra butaca. Mirar al resto de los pasajeros agolparse ante la puerta de embarque e imaginar ser uno de ellos, sentir que todavía podríamos levantarnos y ponernos en la cola, oír que se nos reclama por los altavoces, escuchar con extrañeza cómo suena nuestro nombre, cómo flota su eco por los vestíbulos sin producir reacción alguna, cómo al cabo de pocos minutos es barrido por el olvido que otros miles de nombres arrastran consigo.

Y después… ¿qué?

La familia y los amigos suponen que uno ya está lejos, de camino a ese futuro inmediato que es más real que la realidad misma, lo proyectado siendo a menudo más luminoso y tangible que lo no explorado. El presente, de golpe, aparece con atractiva violencia; se abre ante uno el mundo con todas sus maravillas y todos sus peligros. Se tiene ante sí la posibilidad de conocer la verdad de las cosas, de acercarse a lo desconocido de nuestra intimidad. Al corazón de lo que nos importa. Curioso dilema. Volver al mundo conocido, pero de incógnito, ponerse a investigar nuestra antigua vida cotidiana como si fuera la de otra persona y preguntarse por qué se ama realmente a la persona con la que se está emparejado, qué hace ella -o él- cuando cree que el otro, su llamada otra mitad, está lejos, qué piensan de uno en el trabajo, qué pasaría si uno no regresara jamás de ese viaje que nunca emprendió. O bien lo contrario. Sacar un billete con otra identidad hacia un destino improvisado… y comenzar una nueva vida, desapareciendo sin dejar rastro. Quizá emprender lo que uno siempre anheló y nunca se atrevió a realizar. Incluso puede que conservemos todavía aquel número de teléfono garabateado en un papel que durante años nos quemaba en el bolsillo y que jamás nos atrevimos a marcar.

Vértigo del pez diminuto que sale por primera vez al abismo deslumbrante del arrecife de coral. Mil corrientes le sacuden, mil estímulos le tientan, mil olvidos le acechan.

Marina Saura, actriz. Vive entre Ginebra y París

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